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miércoles, 12 de febrero de 2014

La vida cuento



Todos los cuentos empiezan y terminan igual.
Todos los cuentos tienen el mismo principio e idéntico final.
El nudo es lo único que se puede anudar.

La vida es como un cuento. Un tubo de palabras palpitante.
Una historia que se lee y se escribe al mismo tiempo.
Un reguero de principios avanzando hacia el fin, con mensaje en cada punto y seguido.
Una fantasía que nace de otra fantasía que nace de otra fantasía.

La vida es igual que un cuento. Carne de verbo, luz que brota del vacío.
Se lee en horizontal o en vertical y se escribe en infinito.
Como la vida, los cuentos nacen, crecen, se reproducen y mueren.
La criatura, semejante al creador, anda rondándole en círculos.

La vida es lo mismo que un cuento. Un cuento escrito en trance con tinta indeleble.
El principio y el final se escriben solos. En el nudo está lo variable.
Todos los cuentos comparten el mismo despertar, todos los cuentos vienen con su fin añadido.
En todos los cuentos habita la singularidad de una voz escuchándose narrar.
En cada cuento se desarrollan todos los cuentos. Pero el más anciano de los cuentos se escribe a sí mismo.

Recapitulemos.
Se está escribiendo un cuento viviente.
El principio ya ha pasado. El final viene contado. Entre medias decide el cuento su hilo narrativo.
Todos los cuentos contienen la semilla de todos los cuentos. Todo cuento, en su germen, es siempre un abanico inmenso de posibles.

Vivía una vez un cuento que apagó sus palabras para soñar que era un hombre.
Ese hombre soñado se dedica a extraer sonidos de su silencio y teje con cuentos su cuento.
Ahora mismo acaba de enhebrar: todos los cuentos empiezan y terminan igual.










miércoles, 4 de septiembre de 2013

Poema vivo



El poema es el orbe y yo soy la rosa extrañando al Principito.

Lo encontré en el bosque de cerezos. Me lo trajo envuelto en lluvia el cerezal que nos consolaba los sueños rotos, que nos lamía las heridas producidas por la jaula y nos limpiaba de rastrojos. 
Era un poema. Y estaba vivo. Me miró fijamente a los ojos, yo le devolví la mirada hipnotizado. Tuve la valentía de ser un cobarde y le entregué mi vida a su raza.

Por eso, si me encuentras explorando un poema, abrazado a la sombra de un cerezo, no me despiertes.
Si, tras una lluvia de flores, ves cómo sus versos tejen en mis ojos una bruma soñadora, no me despiertes. Estoy soñando la vigilia muy consciente.

El cielo púrpura llora poemas en el bosque de cerezos.
Estoy encarnando el cuerpo de uno de ellos para anidar mi alma, arropándome con su vaivén de letras y respirando mi desaliento.
Apoyado en un poema solitario, anudándome a él, escucho la melodía ancestral de este cerezo. Sólo cuando me acompaña un árbol no temo nada.
Me gusta hundirme en sus raíces para alcanzar las soterradas semillas de esta atmósfera celeste.
Versos, raíces, hojas y ramas… Con los versos veo, con las ramas oigo, con las hojas hablo, con las raíces trepo.

¿Sueño que un poema me abraza o me está soñando su carne de versos? ¿Existe este estuche de huesos que está leyendo un poema, o soy una hoja de hierba chiquita en su paisaje de sentimientos, concentrada únicamente en reflejar su mirada?
Dentro de la vida, sólo habita el poema. Dentro del poema, muy adentro, se desata la poesía renaciendo, reviviéndose, borracha de tanta sed. La vida es Dios y el Poema su profeta.
Late trastornado mi corazón cuando camino de la mano de un poema. ¿Quién le transfiere el latido a quién? Él existe sin condenar su existencia. Yo escupo todo y sólo me saben bien sus palabras. ¿Quién es más real?

Junto al poema, cesa la vida muerta de tejer su burbuja de espanto, interrumpe el viento del vacío su soplido. Se volatilizan las afiladas nadas del camino superpoblado, vomitivamente angosto.
Algún día moraré a la sombra de este cerezo. Algún día me quedaré sorda del mundo y sólo entenderé el lenguaje mudo de un soneto.
Algún día seré el ramaje del poema y me crecerán versos que se extenderán hasta más allá de este entramado terrestre.

Si vuelves al cerezal y ves que de un cerezo brota una nube de palabras, semejante a un torbellino de humo, siéntate junto a él muy quedamente. La bruma de palabras te absorberá y sabrás lo que es ser un verso.
Por eso, si navego las venas del poema, si respiro su oxígeno, no me despiertes. No estoy durmiendo. Estoy más lúcido que nunca. Es sólo que me cegó la ceguera y ahora son mis ojos el poema.

El poema, desnudo, es la puerta sagrada. Sale de la nada y se dirige a la nada. Entre medias, va su incitador vendaval conquistando almas.

lunes, 1 de julio de 2013

El sueño de una noche de verano




Soy amante de un espectro.
Las ánimas franquean la barrera del mundo haciéndome guiños de ojos, rozando sus mejillas con la mía, lanzando sobre mí suspiros de añoranza. Tras el espejo de agua sólo soy un sonámbulo del mundo mirándose a través de ojos antiguos, pero comprendo que me llaman. Ella no me olvida. La muerte aún me recuerda.

Llevo una nostalgia acuchillada en el alma desde aquel verano en el que me atreví a soñarla con los ojos abiertos. Duele. Gotea escarcha melancólica cada noche de verano. Afiladas estalactitas de huesos se afanan en seccionar los brotes de esperanza.
Si me adentrara en tu ancestral abrazo oceánico, padre, todo esto acabaría…Pero no me dejan. No me dejo.

Nado noches de verano buscándola, lleno de invierno, rememorando aquella primera noche de sueños despiertos. Sólo soy un don nadie que grita sus espasmos atragantados, un vagabundo en el mercado de la vida, un buscador de inútil intangibilidad. Sólo tengo un viento gélido mordisqueándome el corazón en llamas. Todos oyen, nadie escucha. Escuece el vacío. Nadie puede salvar a nadie.
Arde aquella hoguera de ojos conmiserativos, miradas translúcidas de prejuicios me queman las heridas. Duele.  ¿Por qué no lo entienden?
Mi vida lleva una sombra cosida a su garganta. Y su asfixia me da vértigo.
Tengo miedo de atisbar la inmensidad desde el talud de mis delirios.

Nado noches de verano desde aquella noche en que rocé sus labios, ese abismo de pétalos rojo carmesí. No me dejaron más. Se escabulló la última libertad.
Ella me llama a escondidas, insistentemente, con el silbido del oleaje marino. Me acerco a la orilla, atado de ojos y oídos a él. Los rayos del sol, estrellados en el firmamento de su vientre de agua, me susurran a gritos que responda a su llamada. “¿Por qué tardas tanto, hijo mío?”
“Padre, yo la oigo, la recuerdo, pero no me dejan encontrarme con ella. Los espíritus de la vida me mantienen sujeto, me tironean”.

Sueño con su silueta surcando la niebla de esta noche de verano.
Me desterraron de su mirada, me extrajeron el mar. Duele. Ahora nadie me deja acercarme a él. Porque el mar es la cueva que lleva al origen. El mar es un precipicio al que no dejan acercarse a los locos.
¿Acaso temen ver los sueños destrozados, hechos añicos, desparramados sus lazos? ¿Y cómo habrían de romperse, si se sabe que los sueños se esparcen en virutas hacia el cielo desprendiendo sobre nosotros su quijotesca lluvia? La tierra árida de nuestros ancestros sacia así su sed de sueños. Y, sin embargo, no me dejan. No me dejo.

Mordazas, naufragios en el alma… cada noche de verano… Ruge el mar buscándome, ella me llama. Y yo atado a la nada. Duele.

Amanece. Hoy todos los que me vigilan duermen.
Cada paso, cada huella me llevan a él. Me abrazan sus olas de espuma plateadas por la luna. Me sumerjo, me rindo a los cantos de las ondinas. Voy en su busca, hacia ella, que me llama con mi verdadero nombre. Revivo. Me susurra a voces bellos recuerdos con la blanca bruma de su gorjeo. Antes de cruzar al otro lado del mundo veo el universo entero, reflejado en su mirada acuática.
El fondo del mar es una ventana desde la que escribo, enraizado en la arena. Sin puñal de silencio, sin veneno de voces.
He sobrevivido a la vida.

Aquí estoy, padre, mecido por tus mareas, durmiendo el sueño de la muerte en esta ensenada de algas.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Soñando de pie






El ser está castrado. Mutilado.
Pero me gané esta vida mucho antes de que inventarais el tiempo.
Si me persigo los nudos es para liberarlos.
Si oscilo y me balanceo, lo hago para equilibrarme.
No es tan difícil comprender.

En pie para vivir, no para simular que existo.
No me alimentará la esclavitud.
Hace eones ya que no se me conjuga el verbo fingir.

En pie de paz, voló la jaula y se escapó la lucha.
Esta vida fue ganada con el viejo dolor de mi mente.
Ahora soy con sólo estar. Estar: soñar de pie.

Queda lejos de mí, a mucha distancia ya, lo cercano y lo alcanzable.
¿Cómo podría si no reunir las palabras para decir soy una antena y soy un ancla?
¿Cómo podría si no estar sosteniendo la antorcha sin quemarme las entrañas?

No huyo de la locura que se enreda en mis sueños.
Si algún verso me latió fue por la locura que le puse.
Esos latidos bombean mi razón y neutralizan la lobotomía.
Fue al llenarme de silencios cuando me reconocí la voz.

No entendéis por qué sonrío ante la inmensidad del piélago.
Os lo diré: es porque morí de vacío en otros viajes antiguos,
porque torturé mi alma y despedacé mi cuerpo.
Por eso me regalé las palabras. No lo hice sólo para traducirme.
Lo hice para salvarme del abismo y de la curvilínea nada.
Si morí la vida no fue para vivir la muerte. Fue para renacerme en mí.
No es tan difícil comprender.

Vida de risa, liviana y etérea.
Porque ya enfermé de infierno y ya me castré mi ser.
Ahora, ahora, ahora es el momento.
Obedezco a la libertad.                                   
Sólo hay que ser estando.

El ser está castrado. Mutilados existimos.
Pero yo ya peleé esta vida mucho antes de nacer.
Y ahora me arrastro de pie.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Jungla de asfalto

Soy un animal herido.
Atrapado en esta jungla de asfalto, pétalo a pétalo me marchito. Se me pudre la razón y trepo para sepultarme con mis espectros, atragantado de niebla contaminada.
Consumiéndome en este hormiguero de dementes se desangra la flor de mi loto. No se oye al silencio.
Sin silencio las palabras nacen muertas, merodean ataúdes para ellas. Voy de entierro a todas horas, llorando a carcajadas entre tanto tumulto de silencios muertos, intentando abrigarme con este invierno de letras.
Es inútil, ígneos escalofríos traspasan mi cuerpo de piedra. Me convierto en mármol candente hecho de ausencia. Tengo muchísimo frío.
Soy un animal muerto de sed perdido entre las hojas secas, mil rayos de hielo me petrificaron dentro de la jungla combativa. Desde mi cristal sólo observo y miro.
Esto es lo que veo: fieras humanas sacando los dientes, combate de egos, colisiones de mentes, pelea hasta la muerte entre los animales civilizados.
Yo también he peleado hasta la extenuación, respirando lucha y pelea conmigo mismo. He vivido contra mi vida, me he herido de muerte con mis propias garras. Jugué muy seriamente y acabé olvidando que jugaba. Alimenté las espinas, ignoré las formas y los colores. Entonces el dolor nubló mi mirada, y al dejar que me conquistara quedé atrapado en este bloque de hielo. Ahora sólo queda ceniza de la ceniza, sólo la muerte está viva.

Soy un animal dormido que está soñando una ilusión de soledad.
Sólo si cierro los ojos veo la realidad. Sólo si me adentro muy dentro me doy cuenta de la fiesta, soy uno en la unidad.
Al descubierto están ya las jaulas para las mentes, a la vista queda esta servidumbre infecta heredada. Hay consciencia de una férrea esclavitud que nos exhorta a vivir en una prostitución continua. Todos los animales civilizados encadenados a un candado, vendiendo la vida para comprar cadenas y más cadenas. El mundo civilizado, jungla de asfalto combativa, bosque de cemento, es un artefacto putrefacto construido para asfixiar, una maquinaria trituradora de nuevos senderos.
Óyeme bien, un animal enjaulado que se construye su propia celda en la jaula del mundo queda apresado por sus ansias de escapar. Huellas, olfateos, recuerdos de libertad laceran su piel. Si quiere volar tendrá que arrancarse las alas, si quiere ver la realidad tendrá que seguir soñando.

No se oye al silencio, sepultado bajo un infinito de rocas. No desaparece la ausencia, parece que aguardará a más ausencia.
No se ve nada más allá del nunca, no hay presente en el futuro. Se hace eterno lo efímero en este bosque de cemento.

Soy un animal cautivo en la jungla de asfalto, desnutrido de libertad, y el aire que no respiro me terminará por matar.
Más manadas de animales civilizados me acechan escupiendo normas. Habrá que seguir soñando.