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sábado, 19 de marzo de 2016

Paseando




«Quitarse la vida como el que se quita el abrigo en un caluroso día de primavera».
He escrito en mi libreta este relato que sólo consta de una oración.
Resuelvo que ha llegado el momento de salir a pasear.

Mientras paseo me acompaña un poeta muerto, de profesión caminante y loco. Él continúa aquí, agazapado en sus palabras. Realmente no murió, se cayó dentro de un poema para hacerse silencio en el Silencio.

Al llegar a la playa escribo su nombre en la arena para que lo bese la marea.
Poco después observo un velero contra el horizonte, como dibujado para el poeta. Navega sombreado de luces, achicando el cielo. Sólo por contemplar un paisaje así vale la pena dejarse el abrigo puesto.
Sopla el viento en mi cara y me digo: me está besando. Así son los besos de los poetas muertos. Van enredados en el aire, en la brisa que juega con el pelo. No te bañarás dos veces en el mismo beso, me escucho pronunciar. Qué feliz melancolía.

Continúo caminando hasta que llego al bosque. Los altos y viejos nogales sonríen al pronunciarles su nombre muy bajito, al oído. Yo también sonrío. Es un consuelo paradójico que un poeta muerto me ate a la vida.
Las palabras del poeta son copos de nieve para el corazón que está ardiendo en llamas.
Se siente el mismo alivio que el que proporciona un chapuzón en el mar durante la calina.

Se hace de noche. La luna es una inmensidad. Estoy llorando. Lloro la belleza que irradia la luna. Me parece que lo estoy viendo, la pipa en la boca, los ojos en el paisaje, la mirada hacia dentro, el alma envuelta en el paseo. Me doy cuenta que el ensueño es lo único que no se desvanece nunca.

El poeta no está solo en la tarea de perderse, le acompañamos algunos encantadores ceros a la izquierda. Me apoyo en el tronco de un árbol y sueño que el futuro le alcanza para viajarnos hacia su presente. Hay un pasillo donde todas las vidas están sucediendo al mismo tiempo. Es evidente que él lo conoce.
El poeta amanece poema como el que se levanta muerto de sed. Sin lágrima que alivie su lodo. Despertar es temblar como la llama de una vela y fuera de la página siente mucho frío. Ahora mismo me gustaría prestarle mi sombrero.

Llego a la laguna de las luciérnagas. Han caído copos de palabras como hojas muertas. Son pensamientos para él de otros ceros como yo. Lo he visto reflejado en el agua. Lo he leído en un poema que yacía sin punto final. Cada palabra nace para coger de la mano a otra palabra y compartirse en silencio sus voces. Con respecto a muchas cosas padezco de ceguera, pero eso bien que lo puedo ver.
Las palabras en el folio en blanco son como las pisadas que deja un hombre en la nieve. El hilo de las palabras no ha de cesar, así teje el poeta la red que todo lo sostiene.

Sigo paseando de la mano de un poeta muerto. Empieza a llover. Se mezclan la libertad, la tumba y la locura. Si me detengo es para dedicarle una reverencia a él, al poeta que se dejó el sombrero y la vida sobre la nieve.
Volviendo a casa me he cruzado con alguien que se le parecía. Su nuca era idéntica a la suya. Le he gritado: «¡Gracias por el fuego!». Me ha sonreído.
Las sonrisas entre bardos son muy valiosas en un mundo donde los poemas están en peligro de extinción. En un universo donde no puede medrar la poesía los poetas vagamos con el corazón roto.

Ya estoy en casa, de nuevo me atrae como un imán mi libreta y no puedo evitar volver a caer en ella...
En este momento ruego al lector que no haga ningún ruido. En una rama del presente párrafo acaba de posarse un pájaro. Me disgustaría que algún ruido lo espantara. Contengamos un poquito la respiración, el pájaro está moviendo a ambos lados su cabecita repetidamente, parece que no se fía. Pero he de decir que yo estoy disfrutando mucho. Pido al lector disculpas por las molestias... Ya voló el pájaro, restaurado queda el permiso de libre movimiento.

Otra vez cae la noche, siempre se hace de noche y todo sigue estando oscuro. Sin embargo, poderosas luminarias se vislumbran si contemplo cómo reverdece de tinta este páramo.
Hay que pasear hasta el final, hasta que caigamos muertos sobre la nieve.
Sonrío. Oigo al poeta cantar sus prosas breves. Resuena el eco de mi grito en la noche cerrada:
“¡Por Walser!”

Sendero, bosque y Puccini



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-Conectando... Establezca características.
-Personaje masculino solitario en entorno bucólico. Sin acontecimientos destacables.
-Buscando coincidencias... Dos mil quinientas setenta y ocho coincidencias encontradas. Compruebe que su traje esté correctamente conectado al terminal del programa y seleccione una opción cuando lo desee... Ha seleccionado El vagabundo solitario. Introduciéndole en el relato...
Suena Puccini. Anochece se adentra por un sendero repleto de plumas, hojas y rayos de luna. Atisba al vagabundo solitario al final del sendero en posición meditativa, apoyado en el tronco de un pino y con un pájaro reposando en uno de sus hombros. En cuanto el personaje se da cuenta de su presencia le hace señas para que se acerque a él. Anochece se aproxima y el personaje comienza a hablar.
-¿Eres del otro lado del bosque?
-Sí.
-Lo imaginaba. Desprendes un aura extraña, como si no fueras real... Me llamo vagabundo solitario. ¿Y tú?
-Yo igual.
-Encantado. (Se estrechan las manos). No venía nadie desde... Ya ni me acuerdo, amigo. El bosque pregunta por qué crece alrededor nuestro tanta soledad. No sé qué responderle. Yo digo que estamos solos en apariencia, pero el más viejo de los pinos se está muriendo de pena. Los he estado regando con palabras, tal y como vengo haciendo desde siempre hasta que llegó un día en que el anciano no quiso ser regado más. Eso es lo que me cuenta el viento, aún no he podido ir a comprobarlo en persona porque el pino anciano está plantado al otro de la laguna. Yo procuro no cruzar nunca la laguna, me espanta verme solo en el reflejo.
-¿Y cómo lo riegas si no cruzas la laguna?
-Le mando las palabras con el viento.
(El personaje llora. Mira a Anochece con los ojos encharcados de lágrimas. Habla Anochece).
-Iré contigo, así tu reflejo estará acompañado del mío. Ademas, dos vagabundos solitarios deben ayudarse a cruzar la laguna, ¿no te parece?
-Bendito seas, amigo mío.
(El personaje bebe de una botella de vodka. Le ofrece).
-Gracias. (Anochece bebe. Pasados unos minutos habla el personaje).
-Vamos a coger el bote. Veremos a ver si es verdad lo que cuenta el viento.
(Se dirigen a la laguna, está atardeciendo. El personaje coge la mano de Anochece).
-Cuando se encuentran dos vagabundos solitarios deben cogerse de la mano... Has venido un día en que el cielo está muy raro, dolorosamente púrpura.
(Se suben al bote. El personaje comienza a remar).
-Te contaré la historia de quitatruenos, que es este señorito de aquí. (Señala el pájaro de su hombro). Lo encontré con la patita quebrada en el sendero de los pensamientos. Lo estuve cuidando día tras día hasta que se curó y comenzó pía que te pía a quitarme los lamentos de encima. Le pregunté cómo era tan bueno acallando lamentos y me dijo que no lo sabía. Me contó que él antes de pegarse el trompazo y romperse la pata era un simple hacedor de nidos y cazador de insectos, que nunca se hubiera imaginado que sabía acallar tan bien los lamentos. Ahí está otra prueba, le dije, ahí está otra prueba de que en este bosque todo es apariencia, amigo. Por eso le bauticé con el nombre de quitatruenos, es muy efectivo ensordeciendo este abismo de soledad perversa que sobrevuela el bosque. ¿Verdad que sí, caballerete? (El pájaro pía. Llegan al otro lado de la laguna. Caminan por un sendero de lirios azules hasta que se detienen frente a un árbol. Habla el personaje).
-Pino anciano, el sendero de plumas me ha traído a un amigo y venimos a regarte. ¿Lo ves? Te dije que no nos habían dejado solos. Era una apariencia más, viejo.
(Las ramas del árbol se balancean. Ellos se sientan a los pies del árbol. El personaje bebe. Le tiende la botella otra vez a Anochece y este hace lo propio).
-Ven, arrímate más, amigo, que quiero decirte una cosa al oído. (El personaje coge del brazo a Anochece y le atrae hacia él).
-¿Has venido por la tela de araña, verdad?
(Le mira con complicidad y continúa hablando).
-Aunque aún no te conocía la he tejido para ti. Está claro que Puccini me ha ayudado un poco dejando sus melodías por todo el bosque pero la tela la extendí yo. Me ha llevado años. He ido recolectando hojas, plumas y rayos de luna hasta crear el sendero por el que has venido. Albergaba la esperanza de que un día aparecerías.
-Pues ha funcionado.
-Vaya que sí.
(El personaje ríe. Empieza a liarse un cigarrillo de marihuana.)
-Es gracioso. Quién hubiera dicho que el sendero de plumas y Puccini iban a atraer a otro vagabundo solitario... Se está bien con Puccini. (Fuma) Sabe cómo crear vacío para construir espacio, ¿verdad? Estaba convencido de que si alguien encontraba el sendero no se iba a perder y acabaría llegando hasta el final. Claro que, soy muy consciente de que el eco de Puccini ejerce su poder, pero sabía que las plumas, las hojas y los rayos de luna también harían lo suyo... ¿Verdad que se está bien aquí? (Anochece asiente) ¡Cómo ronronea el bosque! ¡Ah! (El personaje suspira. Le tiende el cigarrillo. Anochece lo coge y fuma mientras el personaje continúa hablando). Tu presencia me reconforta. Hace el aire más verdadero. Me alegro de que estés aquí.
-Yo también.
-¿Hay muchos como yo en tu lado del bosque?
-¿Vagabundos solitarios?
-Sí.
-Repleto, como una plaga. Pero no tenemos quitatruenos.
-Qué lástima... ¿También se os está muriendo el más anciano de los árboles?
-También, sólo que únicamente nos damos cuenta los vagabundos.
-¿Y sentís miedo del reflejo solitario?
-El mismo que tú.
(Silencio durante veinte minutos. Lo rompe Anochece).
-No voy a volver.
-¿No te ha gustado el sendero de plumas? (Se entristece).
-Me refiero a que no voy a volver al otro lado.
-¿Te vas a quedar aquí conmigo? (Muy sorprendido).
-Sí.
-¿Para siempre?
-No, mi cuerpo pertenece al otro lado del bosque. Verás, en mi lado no existe para siempre, nuestros cuerpos no son como el tuyo, los nuestros se marchitan hasta que al final se hacen uno con la tierra.
-¿Como las hojas que caen de los árboles?
-Sí. Y a mí me pasa un poco lo que le pasaba al pino anciano, que no quiero que me rieguen más. En el bolsillo llevo un frasco, ese frasco contiene un brebaje que en cuanto me lo tome me ayudará a hacerme uno con la tierra. ¿Lo entiendes?
-A la perfección. Se hará como tú digas.
-Me gustaría tomarme el brebaje en este lado de la laguna, junto al pino anciano. Te acompañaré al otro lado para burlar al reflejo y volveré a cruzar solo.
-No, amigo, seré yo quien te acompañe y te coja de la mano hasta que te hagas uno con la tierra. No te preocupes por mí, algo tenía el púrpura del cielo que me ha quitado el miedo al reflejo.
(Varios minutos sin hablar. Interrumpe el silencio el personaje).
-Pero antes de eso, ¿podrías hacer una cosa por mí?
-Claro.
-Tienes que ayudarme a sembrar un sendero.
-¿Un sendero?
-Sí, un sendero de flores de loto que sirva de reclamo a una bandada de quitatruenos.
-Pero si sólo hay un quitatruenos.
-Ahora sí, pero al amanecer, cuando tengamos plantado el sendero vendrán más, algo me dice que vendrán.
(Anochece le mira y ambos sonríen).
-Se hará como tú digas. Dos vagabundos solitarios deben ayudarse a atraer quitatruenos, ¿no?
(El personaje le mira y ambos sonríen. Silencio mientras siembran el sendero... Amanece. El personaje y Anochece se sientan de nuevo a los pies del pino anciano. Comienza a hablar el personaje).
-Gracias por el sendero. No podría haberlo sembrado solo.
-Espero que aniden muchos quitatruenos.
(Anochece saca un frasquito de un bolsillo).
-¿Ha llegado la hora del brebaje, amigo?
-Sí.
(Anochece bebe el contenido del frasco de un trago. Recuesta su espalda en el tronco del árbol. El personaje le coge de la mano. Silencio durante varios minutos hasta que habla Anochece).
-Se está bien aquí en este bosque con Puccini.
-Ya lo creo.
-No te preocupes, vendrán otros vagabundos solitarios. Tú no puedes entenderlo porque son cosas del otro lado del bosque pero he dejado seleccionado que todo esto quede transcrito. Todo lo que hemos hablado se convertirá en un relato.
-¿Qué es un relato?
-Una tela de araña. Es como un sendero de plumas, hojas y rayos de luna.
-¿Sembrado para mí? (Muy sorprendido).
-Sí.
-¿Por qué?
-Por haber mantenido mágico el bosque. Por haber regado los árboles con palabras.
-¿Y ese sendero es el que atraerá a otros vagabundos solitarios a este lado del bosque?
-Así es.
-Vaya, no sé qué decir. Muchas gracias.
-No digas nada. Bebamos por Puccini. (Beben de la botella. Unos minutos en silencio hasta que habla Anochece).
-Noto cómo el brebaje va haciendo efecto, pronto estaré como dormido hasta que alguien se dé cuenta en el otro lado. Entonces me desconectarán y desapareceré de repente. Podría tardar unas horas, cruza la laguna ya.
-No, aquí me quedaré hasta el final.
(Anochece cierra los ojos. Silencio durante varios minutos hasta que se escucha un revoloteo de alas y piar de pájaros. El personaje ríe).
-¿Qué te había dicho, amigo? Ya van viniendo. ¿Los oyes?
(Anochece continúa en silencio).
-No, ya no los oyes. Pero el pino anciano me dice que se posarán en ti pronto, tan pronto como le crezca una nueva rama.
(Anochece y el personaje continúan cogidos de la mano mientras van llegando más quitatruenos. Silencio durante horas. De pronto Anochece desaparece súbitamente y la mano del personaje queda flotando en el vacío).
Conexión interrumpida. Compruebe que su traje está conectado al terminal del programa...





La buhardilla de los poetas



A Margarita:
Lo llamaban el loco de Blake. Sé perfectamente por quién me pregunta, fue un hombre al que admiré y respeté profundamente. Todavía lo hago. Me ha sorprendido en gran medida su carta, desconocía que tuviera una nieta. Pongo en su conocimiento que a raíz de marcharse de Londres no volví a saber nada de su vida.
Sí, yo le conocí bien y puedo hablarle de él, contarle todo lo que recuerde sobre la época de la buhardilla. Sólo una cosa le exigiré: tendrá que darme su palabra, jurarme por lo que más quiera, que nunca enseñará estas cartas. A NADIE. Es vital para mí, señorita, y es lo único que le pediré.

A Jules:
Le prometo por el santo sepulcro de Chéjov, al cual venero, que nunca enseñaré sus cartas a nadie. Si quiere estoy dispuesta a certificarlo firmándoselo con mi sangre. Lo único que quiero es saber todo lo posible acerca de él. Mi abuela murió antes de que yo naciera y mi madre nunca quiso hablar de su padre. Creo que se avergüenza de la vida que llevó.
Me gustaría que me respondiera a esta cuestión: ¿por qué lo llamaban el loco de Blake, señor Jules?

A Margarita:
No se vuelva a dirigir a mí como “señor” Jules jamás en su vida si no quiere que se corte esta correspondencia. Llámeme Poeta Nocturno, es el seudónimo que utilizaba en aquellos tiempos.
Me gusta que haya jurado por Chéjov, si lo hubiera hecho por alguno de los poetuchos modernos que hay ahora, sinceramente, no me habría tomado la molestia de responderle.
Nieta del loco de Blake, he de reprenderla. ¿Cómo puede hacerme esa pregunta tan obvia? Lo llamábamos así por el poeta e ilustrador inglés, naturalmente. El hecho de que ignore los acontecimientos sobre la vida de su abuelo en la buhardilla no le exime de ignorar quién era William Blake. Muy claramente se lo tengo que hacer notar.
En otro momento le contaré lo que viví con su abuelo. Si le soy sincero, ahora no tengo la disposición adecuada debido a una pregunta absurda.

A Jules:
Sepa usted, Poeta Nocturno, que sé perfectamente quién era William Blake. Amo la poesía desde muy jovencita. De hecho, me veo en la obligación de informarle, ya que se altera usted tanto, que muchos de sus poemas llevan acompañándome desde hace “millones de años”. Muy especialmente, hay uno que quedó posado en mi mirada y tiene la habilidad de apaciguar mi alma cuando lo susurro. Pero no lo compartiré con usted, ya que se ha mostrado tan poco cordial conmigo.
Dicho esto, no crea que no espero con ilusión sus memorias de aquella época. Por muy desagradable que sea conmigo, mi interés no decrecerá ni un ápice. Por favor, comprenda que usted es la única conexión que me queda con mi abuelo.
A Margarita:
Rememorando aquellos tiempos he recordado que cuando conocí a su abuelo no tenía otro hogar que la tumba de Blake. Allí pasaba la mayor parte de su tiempo.
Comía muy frugalmente, dormitaba y recitaba sus versos recostado en la última morada del poeta. O, más bien, cerca de ella, porque no se sabe exactamente donde reposan sus restos. Supongo que sabrá que el poeta murió desconocido y en la miseria. Tal y como vivía su abuelo en aquella época.
Por la noche, acudía a la buhardilla de los poetas para escribir y charlar. Todos sus poemas los escribía a la luz de las velas. A su alrededor, flotaba el humo de nuestras pipas y la camaradería. De fondo, las voces de los que estábamos en la buhardilla. No le incordiaban, más bien al contrario, le recordaban el susurro del mar, según nos dijo en una ocasión. Usted no puede hacerse una idea de lo que sentíamos al oírle recitar sus versos, se caía en su influjo al instante. Sus poemas eran manantial y laberinto, podían ser cielo e infierno. Llevaban todos una cuerda, para escalar o para ahorcarse.
Su abuelo fue un gran loco que cazaba mentes como el entomólogo atrapa mariposas...
No puedo seguir por hoy, recordar aquellos tiempos me abruma. No sabe cuánto.
P.D. Le pido disculpas si la ofendí con tanta vehemencia en mi anterior carta, nada estaba más lejos de mi intención, señorita.

A Jules:
Le estoy infinitamente agradecida. Jamás imaginé que un poeta nocturno me traería la voz y las memorias de mi abuelo. Es bonito cómo la vida entreteje todo, ¿no le parece? Por favor, ¿me seguirá contando en cuanto se reponga? Me gustaría poder trasladarle la importancia que esto tiene para mí. Toda mi vida ha girado en torno a ese abuelo «extirpado». Siento una profunda necesidad de terminar el puzzle y usted tiene las últimas piezas. ¿Se da cuenta de que estoy en sus manos? ¿Sabe lo que eso significa? ¿Me permitirá ver toda la imagen?
P.D. No tengo nada que disculpar al Poeta Nocturno.

A Margarita:
¿Por qué habla preguntando? ¿Es acaso esta correspondencia un test? ¿Qué razón le impide comunicar sus pensamientos con normalidad? ¿Ve? Ya me lo ha pegado a mí.
Entiendo su situación, señorita. Tenga un poco de paciencia, se lo suplico. Usted me ha traído ancestrales fantasmas que tenía ordenadamente sepultados. Le confieso que hay momentos en los que la maldigo con todas mis fuerzas y otros en los que bendigo el día que me escribió por primera vez. No sé si me comprende. El día que leí su carta me puse tan nervioso que derramé una taza de café sobre ella, dejándola toda emborronada e ilegible.
Sepa que es mi intención contarle todo aquello que recuerde de su abuelo próximamente, pero también he de transmitirle que me perturba grandemente su impulsividad.

A Jules:
Disculpe si en mi última carta le molestaron mis numerosos interrogantes. No debí haberle escrito en el estado de exaltación en el que me encontraba al leer lo que me escribió. Me reprendo y censuro a mí misma por ello. Le dejaré todo el tiempo que necesite tomarse para continuar.

A Margarita:
Creo que ya le he hablado de que su abuelo se pasaba el día balbuceando versos con su espalda reclinada en la lápida del poeta inglés. Lo que no sé si mencioné es que componía sus versos con los ojos cerrados. Ni siquiera los abría para escribir lo que le dictaba aquel otro que llevaba dentro.
Su abuelo y yo formábamos parte de una hermandad de poetas que despreciaban a la inmensa mayoría. Aquella buhardilla, propiedad de uno de nosotros, era la cueva donde veíamos la luz del mundo, era la atalaya donde dábamos voz a nuestros versos. Yo no sé, señorita, hasta qué punto ama usted la poesía. Para nosotros, en aquella época, era la vida entera. Era la poesía o nada. Todo lo demás era silencio y lágrimas.
Me avergüenza contarle que había dos bandos en la buhardilla. Los que estaban dispuestos a malograr su vida por la poesía y los que no. Su abuelo era de los que estaban dispuestos, como habrá supuesto. Pensará que un hombre que se pasaba el día en una tumba no se le debía suponer mucho aprecio por su vida. Esto es lo que pensaban sus familiares y todos los hombres cuerdos. Pero se equivocaban. Yo no he conocido en mi vida, siendo ya anciano como soy, otra persona que tuviera más respeto por la vida. No se deje engañar por los cuerdos, señorita. Tenga por seguro que esa es una de las cosas que le transmitiría su abuelo si estuviera vivo. Las vidas de los cuerdos son tan previsiblemente grises, caminando sin pizca de aventura en la mirada, que más parecen fantasmas. No se fíe de quien no se ha buceado a sí mismo, jovencita.
Tengo que dejarlo aquí, discúlpeme. La emoción me embarga y no me deja seguir escribiendo. Disculpe si le cuento las cosas atropelladamente, la mente me juega malas pasadas cuando viaja al pasado.

A Jules:
Todo lo que me ha contado en su última carta me ha impresionado mucho. Ya voy comprendiendo por qué mi madre nunca me habló de él. Es una mujer inflexible en lo que respecta a la moral. Veo que no se parece en nada a su padre. No sabe cuánto me alegra haberle encontrado, mi poeta nocturno. Gracias a usted siento que se ha creado un lazo entre mi abuelo y yo. Es curioso, pero ya no me aguijonea que esté muerto. La muerte ha perdido su señorío, como diría Dylan Thomas. Hay muertos que están más cerca de nosotros que muchos de los vivos de nuestro alrededor. ¿No cree? Perdone, se me ha escapado una pregunta.
Por favor, siga contándome en cuanto su salud se lo permita.

A Margarita:
Le hablé en mi última carta de los dos bandos de la buhardilla. El ambiente nunca fue de acritud, no se lleve la impresión equivocada. No se juzgaba a nadie por sus decisiones ante la vida. Pero tiene que saber que una noche, de manera imprevista, se prendió la mecha de la decadencia.
Recuerdo que llovía copiosamente, la luna estaba oculta entre densos nubarrones y el ambiente que flotaba en la buhardilla era de un agradable sopor. Hasta que apareció su abuelo. Estaba calado de la cabeza a los pies y la expresión de su rostro nos hizo enmudecer a todos. Se quitó el abrigo, que llevaba empapado, y bruscamente lo arrojó al suelo, salpicándonos a todos. Comenzó a revolver, enajenado, todo lo que encontraba en la buhardilla. Le preguntamos qué le pasaba y qué era lo que estaba buscando. No dijo ni una palabra y continuó escudriñándolo todo. De pronto, se giró hacia los que estábamos allí y nos espetó: «¿Dónde cojones está?» Alguien contestó que no teníamos ni idea de a qué se refería, así que le conminaron a que se sentara e intentara tranquilizarse, lo cual hizo durante unos momentos, profundamente meditativo. Pero, acto seguido se levantó, se puso de nuevo el abrigo y en el umbral de la puerta nos dijo: «Decidle al cabrón de André que me devuelva el manuscrito o le cuelgo de las pelotas.» André era un muchacho que acudía de vez en cuando a la buhardilla y estaba empeñado en que su abuelo publicara unos textos en una revista en la que el muchacho tenía cierta influencia. Cada vez que le mencionaba el tema, el loco de Blake le contestaba con un gesto de aprensión en la mirada, seguido de un «jamás» susurrado con inconfundible desdén. La noche siguiente fue la última vez que vi a su abuelo. Pero permítame que le cuente lo que pasó aquella noche la próxima vez. Estoy muy fatigado.
PD. Quiero compartir con usted que por circunstancias que le relataré en mi siguiente carta yo me hallo en posesión de su manuscrito. Y puedo enviarle una copia si promete por el loco de Blake no publicarlos nunca.

A Jules:
¡Se lo prometo! ¡Se lo juro y perjuro!
Disculpe mi apasionamiento, pero comprenda que ante la posibilidad de leer los poemas de mi abuelo me embargan emociones muy intensas.
Estoy deseosa de que me cuente acerca de la última noche. Espero que no le importe pero estoy escribiendo una narración con las vivencias que me está contando. Estoy recopilando todo lo que sé sobre la vida de mi abuelo en un cuaderno que guardo bajo el colchón de mi cama. No se preocupe, no se lo enseñaré a nadie. Mi madre no lo encontrará, se lo aseguro. Puede usted confiar en mí, no le contaré a nadie todo lo que me ha relatado. Me apena si le estoy trayendo a la memoria recuerdos que preferiría mantener alejados, pero sepa que sus cartas iluminan una vida, una vida que estaba apagada y gris antes de conocerle a usted. Una vida miserablemente cuerda. Me interesa mucho saber qué pasó aquella noche de los versos rotos. No quiero extenuarle con una carta extensa. Continúe cuando se sienta con fuerzas, yo aguardaré todo el tiempo que sea necesario.

A Margarita:
Usted me ha engañado, señorita. ¿Cómo sabe que aquella noche fue llamada la de los versos rotos? Su impulsividad la ha traicionado. Usted conoce más cosas de lo que me ha hecho creer.
¡Con qué descaro me ha ocultado usted sus verdaderas intenciones! Ahora lo comprendo todo. Usted tiene ya una copia de su manuscrito y lo único que buscaba era conseguir el original. Me siento muy decepcionado. Escríbame para explicarse si ese es su deseo, pero después daré por finalizada esta correspondencia.
A Jules:
Se equivoca conmigo. No engaño jamás ni soy una descarada. Quizás sea un poco impulsiva pero eso no le da derecho a suponer que carezco de escrúpulos. Sólo le oculté que tenía un poema de mi abuelo, aquel que llamó «La noche de los versos rotos». Y lo hice por consideración a usted. No sabía si estaba preparado para hablarme de esa noche. No le voy a engañar diciéndole que no me gustaría tener el manuscrito, pero le aseguro que no fue el motivo que me impulsó a escribirle.
Disculpe mi enfado, no es mi intención utilizar un lenguaje incisivo, le aprecio y le respeto mucho. Usted me ha hecho amar una buhardilla perdida ya en el tiempo. Por favor, lamentaría muchísimo perder las palabras del poeta nocturno.

A Margarita:
Le pido mis mas sinceras disculpas, señorita. Me enfurruño muy fácilmente. Es una de las grandes capacidades que tengo.
Temí que sólo le interesara poseer el original. Cuando le cuente acerca de aquella noche entenderá por qué tengo yo su manuscrito.
Conozco el poema del que me habla, pero carezco del original. Me gustaría saber si el que usted tiene está escrito de su puño y letra o si por el contrario está mecanografiado. Es muy importante este matiz. Han de estar todos sus poemas escritos de puño y letra todos juntos, así que le pido que si no está mecanografiado me lo mande en su próxima carta. Soy el guardián de sus escritos.
Quiere que le hable de la noche de los versos rotos. La noche en la que él rompió todos sus versos y se marchó para siempre. Le contaré lo poco que recuerdo, sé que él querría que lo supiera.
Estoy seguro que ya le hablé de la noche en que André cogió el manuscrito de su abuelo. La noche siguiente apareció André por la buhardilla y lo negó todo. Él no había cogido los poemas, jamás se le ocurriría semejante vileza. Cuando apareció su abuelo le dijo que no se preocupara, que le creía. Y a continuación dirigió su mirada hacia mí. Sí, lo siento, señorita, todavía me avergüenza profundamente aquella broma pueril. Quería ver hasta qué punto era verdad que despreciaba sus poemas. Yo sabía que en el primero en el que pensaría sería André y quise comprobar su reacción ante la posibilidad de verlos publicados. No me defraudó. Pero él sintió que se traicionó a sí mismo, sintió por un momento que estaba atado a sus poemas y tomó una decisión drástica. Su abuelo era un hombre que aborrecía la esclavitud en todas sus formas.
Puede que le sorprenda pero aquella noche no habló conmigo. Tan sólo me sonrió con una tímida mueca y en sus ojos atisbé un halo de tristeza. El lazo con el otro que le dictaba los poemas se había roto. No sé si le consolará saber que aquella noche me sentí el hombre más ruin de la tierra.
Recibí una carta de él al cabo de pocos días acompañada de un manuscrito. Eran todos sus poemas. En la carta me decía que fuera a la tumba de Blake y lo quemara todo. Desgraciadamente, no conservo aquella carta, pero recuerdo cristalinamente que me decía: «Una hoguera hecha con mis versos será mi último poema. El último verso lo escribirás tú, pues fuiste tú quien rompió el espejismo, fuiste tú el hacedor del rayo. Y yo no soy capaz.»
La carta continuaba agradeciéndome todo lo vivido, confesándome que se sentía decepcionado consigo mismo y sentía la necesidad de inventarse otra persona. Había llegado la hora de quemar al loco de Blake...
Lo siento, señorita, disculpe a este viejo al que le tiembla la mano.
No me encuentro bien. Continuaré otro día.

A Jules:
Disculpe que haya tardado tanto en responderle. Me impresionó mucho su última carta. No me esperaba que las cosas hubieran pasado de esa manera. A decir verdad todavía sigo impresionada. No se llame a engaño, no le reprocho nada. Usted hizo lo que hizo sin mala intención. Si usted no lo hubiera hecho, probablemente yo no habría nacido. Ahora comprendo lo mucho que le habrá costado escribirme las cartas. Usted se sentía culpable, por eso no quemó el manuscrito. No escribió el último poema. Por una parte le comprendo perfectamente, pero por otra lamento que no llevara a cabo la voluntad de mi abuelo.
Le estoy muy agradecida, Poeta Nocturno. Padeceré de insomnio hasta su próxima carta, pero sabré sobreponerme estoicamente hasta que se haya repuesto del todo.

A Margarita:
Le escribo esta carta para comunicarle que mi hermano Jules nos dejó hace una semana. Su corazón se paró mientras dormía. Me dirijo a usted porque mi hermano me dejó responsable de llevar a cabo varios encargos que atañen a su persona. A saber, hacerle llegar una carta y enviarle un manuscrito. Los cuales le adjunto con esta misiva.
Le hago llegar mis saludos más cordiales.

Diario de Margarita:
Transcripción de la última carta que me envió Jules antes de morir.
Va a tener que hacerlo usted. Usted será quien escriba con fuego el último poema. Lo que fue permanece y se hace eterno en el espejo del tiempo, él lo sabía y por eso su manuscrito pide ser ceniza y mezclarse con el barro de la tierra. Los dos sabemos que el manuscrito la estaba esperando. Yo siempre fui un cobarde sentimental. Pero usted, Margarita, usted ha heredado aquella alegre melancolía que sabe cuando ha llegado el momento de que el fuego transmute al fuego. Supongo que ya se habrá dado cuenta de todo. Estaba destinada a cumplir la voluntad de su abuelo. Usted que tanto admira aquella buhardilla de poetas será el artífice del necesario punto final.
La estoy viendo prendiendo una cerilla con una sonrisa, a la vera de la tumba del poeta, entregando los versos a la hoguera...
Lo siento, señorita, de nuevo no me encuentro bien, termino esta carta parafraseándola a usted: es bonito cómo la vida entreteje todo, ¿no le parece?





La noche de los versos rotos

La poesía no es un transporte seguro.
La poesía es respirar ceniza.
Es una puerta cerrada.

Sólo un poeta comprende y da la mano a otro poeta.
Sólo un loco bendice la locura de otro loco.
Esta noche quisiera dar fogata a los poemas.
Mi corazón en llamas haría de último verso.

Se necesita una mano sensata que eche al fuego los poemas.
Hace falta una voz cabal que pronuncie el punto final.

Un poema es un laberinto maldito.
Un poema es una jaula para versos.
Es una flecha rota.

Herido y con grilletes. Como mi poesía.
Sin cerilla que la prenda.
Maltrecho y demente. Como mis versos.
Sin corazón que les palpite.
Se cierne el último amanecer en la buhardilla.
Ruge entre el silencio mi corazón esclavo.


viernes, 26 de diciembre de 2014

Ya no hay locos


Nuestro ojo se abre.
La visión omnisciente se dirige al continente Proustiano, directa a una ciudad llamada Erewhon. Se detiene en el barrio Utopía.
Observamos a una niña jugar con su hermano pequeño en la calle Palíndromo. Agucemos el oído...
-Papá ha dicho que antes de jugar teníamos que leer un capítulo de Robinson Crusoe -le recuerda el niño a su hermana.
-Sí, ya lo sé. Dime una cosa, Germinal, ¿tú ya sabes guardar secretos? -le pregunta ella.
-Sí -asegura él.
-Pues le diremos a papá que estábamos leyendo aquí fuera y un cuervo nos robó el libro.
-Pero, Nana, eso no ha pasado -constata, confundido.
-Ahí es donde se requieren tus servicios de guardador de secretos. Guardaremos el secreto de que no ha pasado.
-¿Y qué hacemos con el libro?
-Lo esconderemos en la rama de un árbol y esperaremos a que lo robe un cuervo -resuelve seriamente.
En el interior de la casa vemos al padre de los niños, Edmond Dantés, hablando con su vecino Arthur Dent. Discuten sobre una reyerta ocurrida recientemente entre un amante de la poesía y un fanático de la narrativa.
-¡Qué vergüenza! ¡Acabar a tiros por un poema! -exclama Arthur Dent.
-La poesía es una cosa muy seria. Ningún rufián puede maldecir un poema de León Felipe y salir indemne -opina, categórico, Edmond Dantés.
-Sí, hombre, y al que se cague en la poesía fusilarlo al amanecer -ironiza Arthur.
-No opinarías lo mismo si la afrenta hubiera sido dirigida a Tolkien -se queja su vecino.
-Nadie en su sano juicio insultaría a Tolkien -Es la rotunda respuesta.
-¡Ja, me toca los perpendículos esa actitud petulante! -clama, indignado, su compatriota.
-Pues a mí me los toca que te los toque -se sincera Arthur-. Y no hablo por hablar, recuerdo un caso muy grave que traté en el hospital de trastornos lectores. Un paciente, diagnosticado con un cuadro severo de inanición literaria, buscaba recuperar su apetito lector. Me vino exánime, parecía un muñeco de trapo en vez de un hombre, ¿y sabes qué le devolvió las ganas de leer?
-Sabes que no.
-¡Tolkien, amigo mío! Fue recitarle el principio de Las dos torres y venirse arriba. En dos semanas lo tenía leyendo de todo. No te digo más.
-Pues mira, ha sido nombrar a Tolkien y entrarme una somnolencia de órdago. Nos vemos mañana, orco cargante -se despide.
-¡No me insultas llamándome orco! -grita antes de marcharse dando un portazo.
La familia Dantés pasa una noche tranquila en brazos de Hipnos. Llega la hora del desayuno.
-Germinal, la señorita Havisham me dijo ayer que esta semana tienes un examen de matemáticas. ¿Quieres que repasemos un poco? -se ofrece, solícita, Nana.
-Si no hay más remedio -responde este, estoico.
-A ver, si dividimos la longitud de la circunferencia entre su diámetro, ¿qué obtenemos?
-Aburrimiento.
-¡Madre mía, Germinal! ¿Qué diría la señorita Havisham si te oyera? -se lamenta su hermana.
-La verdad es que me importa un moco -replica, un poco contestatario.
-¡Papá! ¿No le vas a decir nada? -protesta Nana muy disgustada, clavando la mirada en su progenitor.
-Sí, sí -concede su padre-. A ver, Germinal, ¿sabes que las matemáticas pueden ser muy divertidas?
-¿Y cómo puede ser eso? ¿Por milagro? -aventura con los ojos como platos.
-Hoy nos hemos levantado algo exacerbados, ¿eh? Pues no, listillo. Se hace dándoles identidad a los números.
-¿Y cómo se hace eso? -pregunta curioso.
-Por ejemplo, el ocho puede ser un muñeco de nieve, el dos un pato que nada solitario...
-Pobrecito dos -interrumpe Germinal, condolido.
-Pero si se junta con otro número ya no está solo -le responde Nana.
-¡Ah! Si se arrima a otro dos estará con otro patito -descubre el crío.
-Claro -afirma Edmond, levantándose de la silla-. Ahora me tengo que ir a trabajar, Germinal. Si llego tarde, el comisario se pondrá hecho un basilisco -dice, recogiendo unos papeles de la mesa-. Pero esta tarde continuamos -promete, guiñándole un ojo.
-¿En qué estáis trabajando? -pregunta Nana.
-No puedo contarte mucho, pero creo que estamos a punto de atrapar al grupo criminal que se dedica al contrabando de libros de Danielle Steel -anuncia orgullosamente.
-¿No me digas? -pregunta Nana sorprendida- Ya era hora. Con gente así, suelta, no se siente una muy segura -afirma con gesto contrariado.
Al cabo de un rato, los niños salen para ir al colegio. Nuestro ojo les sigue mientras caminan hacia su destino.
-Nana, ¿la mamá puede leer pensamientos ahora que está en el cielo? -pregunta Germinal.
-Claro. ¿Por? -se interesa su hermana.
-Porque he pensado sin querer una cosa muy fea y no me gustaría que la hubiera oído.
-¿Y qué cosa tan fea es esa?
-Que me da envidia que ella tenga alas y yo no -confiesa.
-Pero si tú ya tienes alas, bobote. ¿No lo sabías? -Germinal niega con la cabeza- Lo que pasa es que te salen cuando estás durmiendo y no te puedes dar cuenta.
-¡Hala! -grita muy sorprendido- ¿Y tú me las has visto, Nana?
-Claro. ¿Te acuerdas de cuando estabas durmiendo y te caíste de la cama? -rememora.
-Sí. Fue cuando soñé muy alto.
-No fue eso, fue que volaste por primera vez -sostiene, convencida.
-¡Hala!
-Sí, yo vi como ese día te brotaron las alas y revoloteaste por la habitación. Lo que pasa es que como aún no tenías experiencia con ellas te pegaste un buen tortazo.
-¿Y por qué papá me dijo que me había caído por soñar muy alto? -pregunta intrigado.
-Porque te estaba tomando el pelo. Anda, corre a tu clase, que se hace tarde -le apremia Nana, en la puerta del colegio. Acompañamos a Germinal a la clase de la señorita Havisham.
-¡Buenos días, niños! -les desea la profesora.
-¡Buenos días, señorita Havisham! -corean a su vez un conjunto de vocecitas.
-Hoy no vamos a empezar con el temario -anuncia.
-¡Hurra! -Alborozo generalizado.
-Tranquilidad, niños. Lo que haremos será leer algunas de las redacciones con un máximo de cuarenta palabras que os mandé que escribierais.
-Ohhh -Intenso murmullo de decepción.
-A ver, ¿quién quiere ser el primero?
-¡Yo, señorita, yo! -Una manita se alza insistente.
-Muy bien, Margarita. Adelante, ponte delante de tus compañeros y léenos lo que has escrito.
-Se titula «En cuarenta palabras» -informa Margarita.
«Qué original», piensa la señorita Havisham.
-Mi tía y yo vamos a la montaña a cazar piedras y anoche cazamos una muy gorda que se escabullía y se resbalaba. Pero la metimos en un bote muy grande para que no escapara. Al final se ahogó. Fin.
-Muy bien, Margarita, interesante historia. ¿Otro voluntario?... ¿Nadie? Ernesto, eres el siguiente.
-No la he podido traer, señorita -responde una voz apesadumbrada.
-¿Qué ha pasado esta vez? ¿Se la ha comido el perro? ¿El gato te la ha despedazado? -pregunta la profesora con retintín.
-No, ha sido que me la ha robado el viento esta mañana. Lo perseguí durante un buen rato pero fue más rápido que yo -revela, con aires de fracasado.
-Hay un detalle que no me cuadra. Hoy no hace una pizca de viento, Ernesto -señala la profesora.
-En mi calle sí que hacía, señorita -certifica el infante.
-Como no me la traigas mañana te pondré un punto negativo -advierte-. Y para que no te la vuelva a robar el supuesto viento le pones una cuerdecita a la hoja y te la cuelgas del cuello si hace falta.
-Sí, señorita.
Una vez terminado el colegio encontramos a Nana enfrascada en la lectura de un libro, y a Germinal haciendo como que estudia.
-Nana, ¿has visto alguna vez un fantasma? -se le ocurre preguntar, aburrido de fingir tanto estudio.
-Una vez.
-¡Hala! ¿Dónde?
-En el sótano.
-¿Y dónde estaba yo?
-Los papás no te habían hecho todavía.
-Ah... ¿Y cómo era el fantasma?
-Muy feo. Yo pasaba por la puerta del sótano cuando oí unos gemidos. Giré el picaporte, bajé las escaleras y ahí estaba. Casi me caigo muerta del susto. Tenía tentáculos por pelo, llevaba unas cadenas por vestido y no tenía dientes. Parecía muy triste -recuerda apenada.
-Jopé, qué valiente fuiste. Yo no me habría atrevido ni a abrir el picatoste -reconoce honestamente.
Empieza a anochecer. Nana y Germinal descansan en sus camas.
-Nana, ¿estás dormida?
-Sí.
-¿Del todo?
-Sí.
-Ah, vale, perdona.
-Que no. Dime, bobito.
-¿Sabes que tengo otro secreto para guardar? -le pregunta, confidencialmente.
-¿Ah, sí? ¿Y cuál es?
-He oído a Arthur hablar en el salón con papá. Creo que eran cosas que no querían que nadie supiese porque hablaban muy bajito. Eso son secretos, ¿no, Nana?
-Sí. ¿Pero dónde estabas tú?
-Yo estaba debajo de la mesa, con mi capa de hacerme invisible -dice con gesto de pillo.
-¿Tu capa? -pregunta, extrañada.
-Sí, Nana. El mantel de la mesa, cuando está puesto me hace invisible. Que hay que explicártelo todo -responde con suficiencia.
-Ah, vale, perdone usted. ¿Y de qué hablaban?
-De una cosa que han llamado sadomaquinismo. Creo que Arthur es sadomaquinista y le gusta mucho -desvela en un murmullo.
-Ger, ¿te has dado cuenta de que al contármelo a mí ya no puedes seguir guardando el secreto?
-No. ¡Arjrj! -exclama, frustrado- Esto de los secretos es más difícil de lo que pensaba -se lamenta.
Mientras, en el salón, la acostumbrada tertulia entre Arthur y Edmond se desarrolla en los siguientes términos.
-¿Qué estás leyendo ahora? -pregunta Arthur.
-Los cinco se ven en apuros -responde con expresión grave.
-¡Ah! ¡Genialidad pura! Yo estoy releyendo Teo va a la playa -continúa Arthur.
-¡Gran saga! Aunque ese volumen concretamente no pude acabarlo. Es demasiado profundo para mí -admite con resignación.
-¿Me vas a decir lo que estás leyendo o vamos a seguir diciendo gilipolleces, «Inmond»?
-Yo preferiría seguir con las gilipolleces, pero bueno. Ahora estoy leyendo a Dickens -le informa.
-¡Puaj! -Repertorio de muecas- ¡Ese vejestorio! ¡Qué horror!
-¡Estoy hasta los perpendículos de que me critiques mis lecturas! -explota el señor Dantés.
-¿Ah, sí? ¿Y tú qué haces con lo que yo leo? -contraataca el señor Dent.
-Es que tú lees niñerías de esas de ciencia ficción con insufrible jerga -aduce Edmond.
-Pues anda que la jerga que se gastaban en el siglo diecinueve... Ya me dirás... Yo antes de hablar así prefiero tirarme por un puente a un río congelado.
-¿Qué culpa tendrá el pobre río?
-Tu humor está en horas muy bajas, Edmond -afirma Arthur, conmiserativo.
-Pues el tuyo brilla por su ausencia o es harto paupérrimo.
-Es que tú no entiendes mi humor -se defiende.
-Ni yo ni nadie, vecino -responde Edmond.
-Eso es una infamia. La asociación de amigos de Gollum se tronchan conmigo -apunta.
-Esa gente no cuenta. Todavía se ríen con cualquier gracia que incluya un anillo.
-¡No te permito que arremetas con los Gollumistas! -El ambiente se enrarece.
-¿Y qué vas a hacer? ¿Te vas a chivar a Sauron? -le reta, Edmond, aguerrido.
-¡Qué estupidez! Bilbo Bolsón anciano bastaría para darte lo que te mereces. ¡Y me voy a mi casa que hoy no te aguanto más! -Abandona la casa pegando un portazo. Edmond esboza una sonrisa.
Al día siguiente, Germinal se despierta inquieto. Ha descubierto algo que le ha dejado conmocionado.
-¡Nana! ¡Nana! ¡Han robado la luna! ¡Han robado la lunaaaaaa! -aúlla corriendo por toda la casa.
-No seas bobo -responde su hermana, cortándole el paso-. Por las mañanas la luna se esconde en una cueva para huir de su hermano el sol.
-¿Por qué? -cuestiona perplejo.
-Porque no lo soporta -bromea ella.
-Pues yo no sabía que la luna fuera tan titismiquis -reconoce, algo defraudado.
Vemos a Edmond Dantés desayunando en la mesa de la cocina. Germinal corretea hacia él.
-Papá, tengo unas preguntas apuntadas que quiero hacerte -le anuncia, enarbolando una libretita.
-Espero que no sean muy difíciles.
-Pues creo que sí.
-Vaya. Intentaré resolverlas de todas formas. Adelante. -Le sienta en sus rodillas.
-¿Quién es el que estira los árboles? -comienza a preguntar Germinal.
-Los duendes que viven en los árboles, claro está.
-¿Por qué el sol siempre va de amarillo y la luna de blanco?
-Creo que es porque les importa más la luz que irradian que el atuendo que llevan.
-¿Por qué nunca podemos pescar la luna del lago? ¿Es porque es titismiquis?
-¿Cómo? -pregunta, extrañado- Se dice tiquismiquis. No, es porque tiene millones de años y es muy lista.
-¿Podría ser que vivir sea como cuando nos disfrazamos?
-Podría ser perfectamente, pero es una pregunta muy difícil de contestar.
-Papá, esto me asusta cuando lo pienso. ¿Y si alguien nos ha encerrado en un espejo para mirarnos?
-No tengas miedo, sólo acuérdate de hacer muchas muecas al día para que sepa ese alguien que te has dado cuenta.
-Y papá, ¿sabías que si miro mucho las nubes les cambio la forma?
-¡Caray, ese es un don muy importante! Requiere mucha responsabilidad, ¿te has dado cuenta?
-Sí, tengo que concentrarme mucho para darles la forma de las cosas bonitas. A veces se me escapa de la cabeza un monstruo y me sale una nube fea.
-Bueno, ya irás mejorando con la práctica. Además, todo lo feo tiene su parte bonita. ¿No crees?
-¿Como la señorita Havisham, que es muy fea, pero se vuelve bonita cuando nos da caramelos?
-Sí, algo así, Germinal.
Pasada la mañana, sobreviene una tarde espléndida. No nos queda mucho tiempo para seguir observando. Vemos a la familia Dantés de paseo por el bosque.
-Papá, ¿por qué no nos venimos a vivir al bosque? -interroga, extrañado.
-¿Quieres vivir en el bosque?
-Sí -responde convencido.
-¿Y qué hacemos cuando llueva o haga frío?
-Nos sacamos las alas y nos tapamos con ellas, como los pajaritos -responde después de pensarlo mucho-. O nos metemos en una cueva, como hace la luna.
-¿Y qué comeremos? -Más pragmatismo de progenitor.
-Yo puedo hacer galletas y piruletas cambiándole la forma a las nubes -hace saber el niño.
-Pero las nubes están muy altas. ¿Cómo cogeremos las galletas y las piruletas?
-Jolín, papá, estás hoy un poquito tonto. Con una escalera.
-¡Anda! Es verdad, ni lo había pensado.
-Papá, otra cosa que te quería preguntar, ¿quiénes son el papá y la mamá del mundo?
-Pues todavía no hay una verdad absoluta, Germinal. Cada uno piensa lo que resuena más en su corazón. ¿Tú quiénes piensas que son?
-Yo creo que la mamá es una hormiga y el papá un dragón.
-Vaya, interesante teoría. ¿Y cómo era la hormiga? ¿El dragón era de esos que escupen fuego?
-¿Cómo quieres que lo sepa, papá? Aún no me habías hecho cuando el mundo nació -responde desconcertado.
Nana extiende una toalla en un claro del bosque y ella y su padre toman asiento. Germinal corre imaginando que le persiguen los árboles.
-Nana, ¿qué estás leyendo estos días? -pregunta Edmond a su hija.
-Los miserables. Hablaron mucho de él en la conferencia a la que fui el mes pasado.
-No recuerdo qué conferencia era.
-«El conflicto por la supremacía: clásicos frente a las novelas de fantasía y ciencia-ficción».
-Ah, sí. ¿Y qué te está pareciendo el libro?
-Grandioso. He llorado lágrimas de pena por todos los Gavroches y todas las Cossettes que viven en el mundo -dice con la mirada perdida.
-Me alegra que lo estés viviendo tanto. Yo tengo muy buen recuerdo de ese libro. Lo leí cuando estuve en la cárcel.
-¡Papá! ¿Cuándo estuviste tú en la cárcel? -le exhorta perpleja.
-Fue una tontería de juventud. Me peleé con un idólatra de Camus. No estoy orgulloso, pero un lector de clásicos no es de piedra.
-¿Qué te hizo?
-Aún me duele cuando me acuerdo. Quemó mis libros de Steinbeck -responde afectado. Nana se queda con la boca abierta.
-Papá, ¿es verdad que los perritos no van al cielo con nosotros? -interrumpe Germinal, cesando en su carrera y sentándose junto a ellos.
-¡Qué tontería! Eso es una mentira cochina -le dice su padre-. Si los perros no fueran al cielo, ¿quién ladraría cuando llega alguien nuevo?
-¡Ostrás! No había caído en eso -contesta Germinal, pensativo.
-Claro, si es de perogrullo -razona su padre.
-Y además -añade Nana-, ¿quién vigilaría que no entre ningún ladrón en el cielo mientras todos duermen?
-Exacto -confirma Edmond-. ¿Pero quién te dijo eso, Germinal?
-Ender, un amiguito del cole más mayor que yo.
-Pues dile a Ender que pruebe a pensar en cielos menos aburridos. ¡Vaya una cosa! Un cielo sin perros... ¡Qué infierno! -exclama Edmond con un aspaviento de cabeza.
-Sí, la verdad es que se me acaba de caer del pedostal donde lo tenía -anuncia el niño, abatido.
De vuelta en casa, vemos a Nana caer rendida en su cama. Arthur Dent y Edmond Dantés, sentados en sendas butacas, disfrutan de un whisky con soda mientras hablan de sus cosas.
-No te vas a creer lo que me pasó el otro día -le está contando Arthur-. Estaba en la biblioteca de espada y brujería cuando en una de las estanterías me encuentro con un ejemplar muy bien escondido de Paulo Coelho.
-¡No! -exclama Edmond, sobrecogido.
-Como te lo digo -confirma Arthur.
-¿Lo denunciaste? -inquiere Edmond aproximándose a su vecino.
-Claro. ¿Por quién me tomas? ¡No soy un desalmado! -exclama, molesto.
-No, perdona -le aplaca-. ¿Qué te dijeron los agentes de la biblioteca?
-Que revisarán las cintas de la cámara de seguridad para identificar al responsable y tramitarán la denuncia formal a las autoridades literarias pertinentes -le informa.
-Eso espero. Estaré pendiente del caso -asegura, volviéndose a acomodar en la butaca-. ¿Cómo puede haber gente que aún haga circular ese contenido subversivo? -pregunta, escandalizado, de forma retórica-. Y, cambiando de tema, ¿qué libro ibas buscando? Por curiosidad, más que nada.
-No te lo voy a decir -responde, rotundo.
-Venga, Arthur, que hay confianza.
-Sí, si confianza hay, pero también hay muy mala leche -resalta.
-Va, que sabes que yo nunca te oculto mis lecturas -le recuerda, persuasivo.
-Conan Rey, de Robert Howard -revela su vecino tras pensárselo unos momentos.
-¡Por Dios! ¿Qué será lo próximo? ¿Leer al «Potteras»? -aventura Edmond sin poder contener la risa.
-No, me pondré con Pratchett -responde Arthur sin ganas de entrar al trapo.
-¡Puf! ¡Qué aprensión!
-Mejor que leer a Zola, eso sin duda -se revuelve, punzante.
-No me puedes comparar a Zola con Pratchett -contesta Edmond, incrédulo.
-¿Por qué no? Los dos publicaron libros.
-Pratchett al lado de Zola siempre será un diletante -afirma con contundencia.
-Por lo menos es divertido. No como Zola, que es sopor absoluto.
-¡Zola, sopor! -grita, impresionado- Mira, tú lo has querido. Te diré lo que pienso de Pratchett -avisa, con ojos de loco-. ¡Es papilla literaria!
-¡Por decir eso te podría denunciar al Tribunal Supremo de Mundodisco! -amenaza, a punto de sufrir un descoyuntamiento de mandíbula.
-¡Por favor! -exclama, Edmond, despectivo- ¿Esa panda que piensa que el mundo lo sostienen cuatro elefantes apoyados en una tortuga? Ahora sí que me pareces gracioso.
-¡Mundodisco es mucho más que eso! -recalca.
-Crece un poco, anda, y lee libros de verdad -le aconseja, altanero, Edmond.
-¡Libros de verdad! Habló el Papa del «Literanismo» -contesta Arthur, santiguándose.
-Papa no, pero dentro de poco espero llegar al CPL -responde resueltamente.
-¡Tú! ¿En el Consejo del Poder Literario? Pero si no has leído más de quinientos libros en toda tu vida -acomete, con una mezcla de extrañeza y desdén.
-¡Eso es una falsedad! ¡Llevo leídos cuatro mil setecientos cincuenta y ocho! -ladra Edmond- Y puedo demostrarlo con mis certificados, expedidos todos por mi asesora literaria.
-¡Enséñamelos! -exclama, retador, su vecino.
-Ahora mismo me costaría un buen rato buscarlos, pero... -Resonantes carcajadas de Arthur- ¿De qué te ríes? Te digo la verdad...Tú juega, que te planto una querella por injurias a la poesía y te busco la ruina -le advierte, furiosísimo.
-No serás capaz -contesta Arthur en un tono retador.
-Que no soy capaz... -repite Edmond, fuera de sí, con fuego en los ojos.
En ese momento, Germinal, despojándose de su capa de invisibilidad, aparece para tomar parte en la tertulia. Un enorme moco, acomodado en su nariz, pasa desapercibido para él.
-¿Por qué siempre discutís y os ponéis hechos unos «obeliscos»? -les sermonea, entristecido- Nana y yo estamos hasta los perpendícolos. Si no paráis -avisa, agitando hacia ellos el dedo índice-, pondremos todos vuestros libros en las ramas de un árbol para que se los lleven los cuervos -remata, autoritario y tajante. Y al momento, abandona la habitación.
-El moco me ha impedido enterarme de lo que decía -comenta Edmond.
-En mí ha ejercido el mismo poder de atracción -confiesa Arthur-. Menudo ejemplar...
Nuestro ojo se cierra.
Portal dimensional: Spiritus Dei. Nº de exploración: 237. Nombre informe científico: «Lentilla omnisciente. Proyecto reconocimiento para conquista de exoplanetas y mundos dimensionales».
Año: 2045

lunes, 11 de agosto de 2014

Heroína en el lápiz

Diario de una terapia de rehabilitación. (Transcrito del archivo original en audio).

Día 1
Amanezco luna y desdibujado. Sin mi sombrío lapicero.
Es tiempo de oscuridad y vértigo profundo.
Una brisa glacial insufla espanto a través de mi burbuja. Araña mi piel. Traspapela y exilia las hojas de los cuentos que están en mi mesita.

Escribir me está haciendo daño. Hoy me extirpo todos los lápices.
Comienzo la terapia de sueño.

Día 6
El deseo de un pequeño lapicero me está quemando. A duras penas me hago el sordo y logro esquivar su poder de atracción.
NO.
Una punta de lápiz afilada sigue arponeando mi alma, una punta de lápiz como una garra.
Ahora mismo, si pudiera, escribiría con mis lágrimas.

Día 11
No logro dejar de pensar en él. ¡Mi lápiz, álamo negro!
El que escupía palabras averiadas y las lanzaba como flechas venenosas. El que aullaba rabia a la luna.
Lo rompí a mordiscos.
Mis sombríos lapiceros sólo escriben cadáveres, cadáveres que cuelgan agazapados en mi mano.
Estoy enfermo, enfermo de vidas muertas.

Día 20
Estas son las dos palabras que se me han quedado tatuadas en la mente: son muertos.
«Son muertos», pronuncio lúgubremente. «Llevan todos el signo de los muertos». «¡Son muertos, muertos, muertos!», repito frustrado, llevándome una mano a la frente y negando con la cabeza.
Siempre son muertos. Los quemaré todos. No salvaré ninguno.

Día 25
He caído. Le he robado un lápiz de aspecto anodino pero con un aire de fragilidad irresistible a una bibliotecaria. Aún no he escrito. Lo he dejado a la luz de la luna en el alféizar de la ventana. Sólo estoy observándolo.
Las nubes lo colorean con un torrente púrpura bruno. Está tan bonito….
Me acerco, pero no lo cojo.
Llueven lágrimas sobre mi lapicero.

Día 25 (madrugada)
Palabras brotadas de mi nuevo lápiz y que han salido volando por la ventana:
Mi triste lapicero escribe palabras fosforescentes.
Pero, rápidamente, permutan en sombrío.
¿Dónde el resplandor, dónde el alba, dónde el fin de la agonía?
¿Cuándo el lapicero sanador?


«Están heridas, irreversiblemente heridas», me digo, cabizbajo. «Y un conjunto de palabras heridas hacen un relato muerto», remato tajante, asomando media sonrisa con una mueca de autodesprecio.

Escribo para llorar en silencio. Lloro cuentos que brotan de la palma de mi mano agarrotada.
Les falta:
Aliento de vida.
Una voz que no esté quebrada.
Cordón gramatical.
Gorjeo de raíces.

Ya intenté:
Traerlos a la vida con rituales demoníacos.
Ponerles nomeolvides en sus tumbas, sarcófagos que yacen en mi libreta.
Repetir en letanía «venid a la vida» tres mil setecientas treinta y nueve veces.
Rociarlos con rayos de sol y de luna.


Nada funcionó.
Me gustaría extirparme esta heroína. Ahora me vuelve a doler el lápiz al releer lo que he escrito.
Quisiera romperlo y quemar esa hoja. Pero no lo hago.
La arranco de mi libreta y los lanzo a los dos por la ventana.

Día 26
Me arrepiento de lo que hice anoche. Me muero por un lápiz.

Día 29
He conseguido otro, sustraído a un estanquero despistado. Un lapicero muy pequeñito y ajado, que está a punto de quedarse sin palabras.
Emborrono mi libreta:

Mi sombrío lapicero persigue el cuento linterna que me cure la oscuridad y con el que pueda sonreír a la muerte. Un cuento que no se escupa a sí mismo.
Pero ni siquiera se atisba una palabra viva…
.

«¡Ah, una sola palabra viva!», exclamo, ensordecido por los lamentos de mi corazón. «¡No quiero sonar como palabra temblante que se susurra a solas en la noche!» «¡Quiero escribir vivo!», grito, ridículo.
Escondo el lápiz debajo del colchón. Temo hacerlo añicos.

Día 33
Lo he vuelto a coger. Necesito el placer de caer para echar a volar.
Garabateo en mi libreta.

Aquí pongo el gozo. Escribir es:
Respirar.
Viajar a diferentes nosotros.
Romper el espejo del vacío.
Desatarse el ser.
Hacer de vigía de noches.
Es como llenarse de barro y moldear figuritas.
Y es destino.


«Pero también es extraer clavos», digo estremeciéndome. «Y florecer invierno miles de veces, con la culata del lápiz apuntándote al corazón», susurro lastimero.

Aquí retrato la sed. Escribir es:
Gritar penumbras.
Habitar el exilio.
Llorar temblor y fiebre en silencio, rechinando los dientes.
Ser títere y titiritero.
Luchar con leviatanes.
Es como agonizar sin esperanza de muerte.
Y es destin…


Día 38
He tenido que robar otro lápiz porque el otro se me rompió antes de llegar a la «o». No lo hice a propósito. Apreté mucho y lo desnuqué al pobrecito.
Todo lo va rompiendo un hombre roto.

Día 50
Una muchedumbre de ausencias me visitó ayer. Se ha producido en mí una metamorfosis.
A la mierda la terapia de rehabilitación.

Día 51
Un sombrío lapicero es un puente. Un puente que separa a una hoja en blanco de un fantasma.
Y las palabras son pájaros. Pájaros surcando cielos níveos, volando como vuela la libertad.
Nunca más volveré a romper un lápiz, ni quemaré mis hojas. Yo mismo fui fantasma antes de venir y volveré a ser fantasma cuando me vaya.
Porque estoy repleto de cueva empuñaré mi lápiz como antorcha.

Aquí la metamorfosis. Sucedió así:
Anoche, un rayo iluminó la negra sima.
Una brisa fría, muy densa, penetró en mi cuerpo. Anocheció luz en un instante. La puerta, de repente, estaba entreabierta. Vi formarse la palabra-llave en la cerradura.
Percibí sus presencias. Estaban aquí, una oleada de escritores antepasados que jamás volverían a tener:
Ni voz.
Ni mano.
Ni lapicero.

Un ejército de muertos, infectados también por el veneno de escribir, tomaba mi cuerpo y hablaba por mi boca.
Repleto de escalofríos, con voz de ultratumba, balbuceé muy quedamente:
«Relato muerto es el que no está escrito. Un sombrío lapicero es una lámpara».

Y mi mano, impulsada por una fuerza extraña, apuntó con escritura errática en la última página de mi libreta:
Mi pequeño álamo negro, la noche nos ilumina. Y, juntos, alumbraremos fantasmas hacia la vacuidad de las hojas. Las almas de los cuentos esperan al otro lado.

http://www.goear.com/listen/9e9f6e2/lament-balmorhea

Barco Mundo

¡Oh, compañeros de nave y compañeros de mundo!
Herman Melville


Mi amigo Chaqueta Blanca y yo somos marineros en el barco Mundo. De sol a sol y sin apenas descanso navegamos por el veleidoso océano de la incertidumbre. Sólo hallamos solaz cuando nos cala los huesos la lluvia de la imaginación.
A bordo, mantenerse siempre a bordo es nuestra única consigna, aunque cada día nos cuesta más porque hemos visto ya a muchos de los nuestros saltar por la borda.
Nadie sabe a ciencia cierta desde dónde zarpamos ni en qué puerto nos veremos apeados, este barco sigue su rumbo fijo y no tiene más escala que la muerte. Pero mi amigo disfruta del embarque, lo observo soñando el mar y respirando niebla en la cubierta.
Chaqueta Blanca, mitad humano, mitad personaje (¿no lo somos todos?), compañero en esta travesía que recorre el barco Mundo, no se afana en intentar averiguar si se halla en el camino adecuado (para él toda senda es hogar), y nunca le ha preocupado el sotavento. En este barco Mundo no conocemos ni conoceremos otra cosa que no sea navegar.
Chaqueta Blanca, pobre marinero, él sabe que no es de este barco, pero aun así ama la nave y el océano que surca. Él no es de los que buscan saber dónde recalará, quizás ésa sea la razón de que conozca tan bien su destino. Y mientras muchos se preguntan qué hay de real en el barco Mundo, a mi amigo le basta con imaginar las estrellas para conocer la realidad. No pocas veces lo he encontrado, en pleno día, charlando animadamente con las estrellas. O, mirando al cielo, antes del atardecer, contemplando la luna. Es su faro el firmamento. Mi amigo lleva todos los astros en su memoria.
Este Chaqueta Blanca con los ojos de color armonía intenso es famoso por su grito de guerra: ¡Avante, marineros!, y el día que se apee de este barco Mundo, en su mirada no leeremos otra cosa reflejada.
«Las estelas que habremos de dejar se las llevará la corriente, pero el gran océano que atravesamos reconoce a cada marinero que viaja a bordo del barco Mundo, y cada nudo recorrido es una milla más que se avanza», dice Chaqueta Blanca. «Compañeros oceánicos, todo marinero del barco Mundo es un explorador único que, con su trayecto, hace conocida una parte más del cósmico mapa naval. ¡Siempre avante, marineros! ¡Nunca estamos perdidos! ¡El viento en popa, siempre!», grita emocionado.
«La marea es sabia y su balanceo nos equilibra. Al marino del barco Mundo no le hace falta ni remar, compañeros. La derrota que seguimos, sin duda, habrá de llevarnos a casa».
Últimamente parece como si el barco Mundo fuera fábrica de vientos y se vendieran ventarrones al por mayor. Vayamos donde vayamos los marineros de barco Mundo, sea cual sea el pedazo de océano que singlemos, inundados de ventarrón vamos hacia casa, por fin a casa, según el siempre acertado criterio de mi querido Chaqueta Blanca. «Hacia casa, por fin a casa», me dice, con fuego y agua asomándole por los ojos. «Al abordaje de instantes con nuestro barco pirata, grumete, ahí es hacia donde nos dirigimos», me espeta, clavándome en los ojos las chispas y las olas de su mirada.

«Ya no nos hará falta ancla», dijo, el otro día, Chaqueta Blanca. «O mucho me equivoco o estamos a punto de adentrarnos en aguas turbias y revueltas, ha llegado la hora de lanzarse al horizonte, este buque atraviesa mares que nunca antes fueron navegados por ningún barco».
Y desde entonces viajamos sin ancla, sin mástil, sin velas, viajamos con el empuje que da el aliento del marinero que recuerda su morada.
Este barco Mundo siempre ha sido pasajero, pero, entre todos, hemos viajado como si tuviéramos la seguridad de que esta travesía fuera la única realidad, relacionándonos como si fuéramos a vivir en este barco eternamente. Hay muchos marineros en este barco Mundo que nos hemos cansado ya de esta farsa. El primero, Chaqueta Blanca. En la portada de su bitácora, ha escrito: barco Mundo mudo, ciego y sordo de fantasía. En el interior de esa bitácora auguro que debe haber como un universo de creatividad con mágicas galaxias en continua expansión.
«¿Quién te ha enseñado todo lo que sabes?», le preguntan algunos marineros a Chaqueta Blanca. Y él sonriente, contesta: «El mar, el océano por el que transitamos me enseña todo lo que necesito saber. Confianza en el océano, marineros, hay que tener. Este barco Mundo no naufragará, y el que es capitán lo sabe. ¿Acaso no vamos siempre a la deriva? No temáis nada en este barco Mundo, si lo sentís zozobrar confiad en el océano. La confianza será el único salvavidas al que podréis aferraros».

Para mi amigo no existen naufragios, aunque conoce todos los desafíos, ninguna tormenta conlleva peligro alguno para él. El espíritu del tornado porta en la sangre. Y cuando los marineros hablamos de tormentas, las palabras que pronuncia Chaqueta Blanca nos huelen a inmortalidad, él dice que eso es porque vino a este barco Mundo con el sabor de lo eterno retumbándole en la garganta.
Cuentan que Chaqueta Blanca siempre ha sido el que es, que siempre ha estado en contra de ir contra viento y marea, que jamás se le ha visto hundido en la negrura de la noche ni nadie le oyó nunca gemir entre tinieblas. Porque Chaqueta Blanca se nada las noches, los mares, las distancias que le separan de su tesoro perdido, así no le alcanza el voraz cachalote de la desolación. Le salen escamas y logra escurrirse de cualquier marinero que osa hablarle de fronteras. «¿De qué fronteras hablan estos enajenados?», me pregunta Chaqueta Blanca. «Barco Mundo sólo hay uno», dice sumergido en honda perplejidad.
Cuentan que Chaqueta Blanca es un ciego de lógica de nacimiento, que ni siquiera puede distinguir entre babor y estribor, que embarcó lunático y desembarcará lunático. Algunos marineros decimos que nuestros oídos de ave de paso se deleitan con el allende ulular de este sempiterno lunático, y no con las estridentes ráfagas de sensatez de los congruentes.

Ver a Chaqueta Blanca calado hasta la médula de refulgentes luceros en las noches de plenilunio es un espectáculo digno de presenciar. Jamás mis ojos de marinero contemplaron cosa semejante. Se le ve toda una constelación de otro mundo que se le escapa por la comisura de los labios, y un resplandor envolvente que emite con su sonrisa se me mete en la tripa iluminando la cueva de mi nostalgia. Cuando anochece, Chaqueta Blanca comienza a hablar de un lugar muy lejano a barco Mundo, y que, sin embargo, queda cerca del mar que buceamos. Un lugar llamado Ultramar. Ultramar es océano en el que confluye todo y es también isla de cualquier instante en el que uno sepa flotar por sí mismo, sin necesidad de madero al que aferrarse. Chaqueta Blanca lo define así: «Ultramar es el lugar donde nace el siempre y el presente». Cuando llega la mañana, Chaqueta Blanca se retira a su morada de agua. Mientras se aleja le oímos exclamar: «¡avante, marineros, en el ahora se halla el timón de la eternidad!».

Como en barco Mundo no hay quien entienda de este absurdo barco errático, (y menos aún del mundo), mi amigo se pone «metafilósofo», que según él, es dedicarse a vivir en su filosofía y dejar que cada uno haga lo propio. «Yo sueño un barco Mundo donde todos cuenten su propia historia, grumete, y escuchen las de los demás. Yo lloro un barco Mundo donde todos puedan poner su voz y donde todas las voces cuenten por igual, no sólo en mudo papel».
Metafilósofo, así está Chaqueta Blanca cuando no oye a nadie contar su propia visión de este barco Mundo. «A los marineros de este barco Mundo nos falta filosofía, mucha filosofía», me dice, con una tristeza en su voz que me congela el alma y el entendimiento.
Pero no le dura mucho su metafilosófica tristeza, pues al poco tiempo le invade el éxtasis que le provoca contemplar la majestuosidad de una montaña, la forma de una nube o el vuelo de una gaviota. Chaqueta Blanca ama los paisajes más que a su vida. De pronto, nos espeta: «¡Silencio!, atentos al gato que pasa en forma de nube. ¡Mirad!, un arcoíris nos saluda, marineros, guardemos silencio para observarlo».

De vez en cuando algún viejo marinero se nos acerca para decirle a Chaqueta Blanca: «no le metas a los muchachos esas tonterías utópicas en la cabeza, las cosas en barco Mundo son así, un marinero nada puede cambiar».
Y así les contesta Chaqueta Blanca: «barco Mundo es como lo ve cada marinero. Yo sólo les digo que no se dejen inocular el virus represor de los criterios, pues sólo el cambio no cambia, sólo la transformación permanece. Únicamente les espoleo para que se adentren en las grutas de sus ideas, para que se muevan impelidos por el dictado de sus propios dictados. Las cosas son como se interpretan».

Chaqueta Blanca nos huele el desánimo a mucha distancia. Y sabe cómo ahuyentárnoslo. Un día, cómo nos vería de sumidos en nuestras penas, que nos dijo: «Necesitáis mi catalejo. Con él veréis más allá». El catalejo de Chaqueta Blanca es un extravagante artilugio que, si miras a través de él, te borra las imágenes de la mente que te trastornan y las sustituye por otras en las que se aprecian cielos estrellados, islas paradisíacas, bandadas de pájaros, la Vía Láctea, y un sin fin de cosas más. Yo, cuando miré, vi una ballena descomunal. Anduve durante mucho tiempo con esa visión como contraveneno, como cuerda a la que asirme en los momentos de ceguera absoluta. Sí, yo soy un marinero que, en determinados momentos, adolece de visión y reniega de la marea humana, hasta el punto de que necesito cuerdas, bastones, algún cabo para el alma al que me pueda sujetar, pues la marea oceánica me seduce con el silbido de su inmensidad. Temo ceder al impulso de tirarme por la borda para ir en busca del abrazo con el originario mar. Y aunque Chaqueta Blanca dice que debo ser mi propio cabo, recordar la imagen de aquella ballena me ancla dentro de mí mismo, me enraíza a barco Mundo, no sé por qué. He aprendido que una ballena puede convertirse en cayado, la luna puede transmutarse en relajante pócima, o una palabra ser hoguera y sombra.

En los días de viento gélido, Chaqueta Blanca juega a crear palabras con el vaho de su respiración. Parece como si su aliento les diera vida al pronunciarlas. Cuando escoge una palabra, la repite, la repite, la repite hasta que parece que la está viendo, recién nacida del vaho de su pronunciar. Y como si la acariciara, con sus manos va dándole forma, para después soltarla y entregársela al viento, que se la susurrará a alguien en el oído. Alguien que no esté sordo de tempestades. A cualquiera que oiga un mínimo del rumor glacial submarino.
En los días de viento gélido, sólo nos abrigan las palabras a las que da vida de aliento Chaqueta Blanca. En los días de viento gélido, él sonríe, con letras colgándole de la boca. Palabras como «humo», «timón», «oleaje» nos hacen de mantas y nos alumbran los sentimientos. Y aún no hemos conocido iceberg que no haya sido abrasado por el consuelo de sus palabras de viento.

Hasta que en barco Mundo navegar sea vivir, y no matarse por sobrevivir, Chaqueta Blanca poblará el desierto de lo quimérico. Hasta que en barco Mundo existir signifique mucho más que producir, Chaqueta Blanca soplará fantasía.
Hay que agradecerles a los dioses del mar que Chaqueta Blanca no encaje en este barco, que sea como tonificante brisa del extramundo y que sea capaz de traspasar el hielo de la aflicción con el llameante soplido de sus revelaciones. Yo nunca se lo agradeceré lo suficiente ni podré rezarle a Poseidón, a Neptuno, a Nereo o a Váruna todas las plegarias que se merecen.
Cuando alguien es lámpara entre oscurantismos, como Chaqueta Blanca, va irradiando luces que encienden vidas, y aquí en barco Mundo, con sólo un vistazo, se advierte que escaseamos de luminarias. Y a las pocas que tenemos les solemos dar la espalda, creando así monstruosas sombras que hacen más oscura la andadura. Pero aún quedan marineros en barco Mundo que velan para que esta embarcación no se estanque en aguas empantanadas, aún merodean aquellos navegantes que rezan por más fábula y menos axiomas. Para ellos inventa mi amigo Chaqueta Blanca.

El camarote de mi amigo es nido de vuelos, es aposento de auroras, está lleno de musicales silencios flotando en el aire. Con sólo traspasar la puerta ya se percibe una atmósfera de magia ancestral mezclada con fragancia de ausencias. Chaqueta Blanca comparte camarote con su soledad, que siempre está presente y le hace mucha compañía.
Tiene en su camarote una brújula que no señala norte alguno, pero si la observas detenidamente, entrecerrados los ojos, verás indicadas todas las direcciones de las profundidades ultramarinas. Tiene también un cuadro, un cuadro que me traslada a dimensiones distintas de la que habita mi cuerpo. En él se observa, suspendido en un abismo, un estrecho pasillo que conduce a una puerta por la que se escapa una luz profundamente atrayente, una luz incitadora a traspasarla, todo ello con un fondo verde en forma de espiral. Pero, en realidad, en el cuadro no hay pintada una puerta, el cuadro mismo es la puerta. Yo lo he atravesado en incontables ocasiones, regresando distinto, volviendo menos náufrago. Es un cuadro rendija por el que llegas al hogar del amanecer, donde nace la luz.
En el lecho de Chaqueta Blanca, junto a él, duermen la mueca irónica y el gozoso deletrear de los sentimientos, que es pasado augurador de futuros. Por eso, cuando se levanta aún lleva en el rostro las marcas de la broma y el sentir, pues no son otras sus almohadas. Se le ve en la cara la huella que imprime el objeto en el que deja reposar su cabeza. La broma y el sentir, es lo único que necesita para descansar soñando.
Los que no vivieron mas que hundimientos, en el camarote de Chaqueta Blanca encontrarán balsa. Los que se sienten encerrados en este barco Mundo, en su camarote hallarán refrescante libertad.

Aunque nubarrones gigantescos se ciernan sobre nosotros, nada temeremos, porque Chaqueta Blanca nos ha contagiado su «avante, marineros». Ya estamos empapados de su estimulante acuosidad, ya sentimos su alentador aliento en el cogote reconfortándonos. Siendo él maestro de tormentas, no hay rayo ni trueno del que podamos espantarnos.
Como en barco Mundo todo es perpetuo vaivén, balanceo continuo, él nos ha enseñado el arte del equilibrio, que consiste en ignorar las ansias por evitar caídas o golpes. Nos dice: «No temáis al mareo ni a la angustia, no huyáis de caídas o golpes. Aquel que cae es el único que verdaderamente se mantiene en pie, el que no cae es porque no se mueve, y por lo tanto no avanza».
Y si nos viéramos atorados en colosal ventisca no nos veríais desesperar, la amistad de Chaqueta Blanca ha creado en nosotros semillas que el vendaval llevaría muy lejos, mucho más allá del mar. Sólo pensar en ello nos fortalecería. Somos marineros que llevamos el viaje y el brote en la sangre, nos gusta descubrirnos en los lugares más insospechados. Somos marineros que, aun estando varados, remontaremos hacia el alba de la utopía, acompañados por el brillo de astros de Chaqueta Blanca.

En ocasiones, mi amigo canta cuando está dormido, a menudo entona la misma canción, la canción del olvido, su estribillo mece los sueños de Chaqueta Blanca: «Ven, barco Mundo, conmigo, olvidé que vagaba perdido. Sopla, viento, sopla, que tu murmullo me arropa…» Cuando está despierto no se acuerda de la canción, pero el Chaqueta Blanca dormido también necesita de cánticos que le acunen el soñar. Vuela mi amigo, cantarín, por los etéreos cielos de las ensoñaciones. ¡Vuela, Chaqueta Blanca, vuela!...

Mi amigo sabe que escribo sobre él, mas no lo aprueba, él preferiría que escribiera sobre atardeceres en barco Mundo. Pero ¿cómo no escribirle? Chaqueta Blanca, que no es del todo personaje ni del todo humano (¿no es así con todos?), tenía que vivir para siempre, hecho de papel y letra, como retratado en un lienzo. Porque él, que nunca ha naufragado, es náufrago de todos los naufragios. Él, que nunca está solo, es amigo de soledades. Así es Chaqueta Blanca, maestro del arpa de las paradojas. ¿Cómo no escribirle?
Esta mañana, me ha dado un beso en la frente y señalándome al cielo limpio y claro, ha dicho: «grumete, si una ola se me llevara, podrás encontrarme en esa estrella, esa que tiene la luz de plata».
Me duele la belleza de la lógica de Chaqueta Blanca. Tengo quebrado mi corazón de marinero sólo de pensar en un celeste Chaqueta Blanca instalándose en astro de plata.
Porque todos los marineros sabemos que, en una oscura noche de tormenta, se lo llevará una ola.