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viernes, 12 de agosto de 2016
Cosmología
Mi vida es una canoa y una caracola de mar. El murmullo de la selva flota sobre mí.
Aspiro la música del oleaje, tengo ese sonido escondido adentro. Y he de hacerlo sonar.
Puedo leer un mapa que no pueden ver mis ojos. Puedo ver azul y verde donde sólo hay negro. Sé escuchar el canto del búho, que ulula de madrugada. Poseo lo inmutable y todo lo que es inasible. A veces, puedo dejarme sonreír por el infinito del universo, abrazar mi sombra y conversarme en precipicio. Suena raro, pero yo lo vivo cristalino.
Puedo bostezar sin perder curiosidad. Cuando me detengo es porque albergo un obcecado empeño en continuar. Y porque también me canso enseguida. Suelo reposar en mi identidad.
Llevo guardada la música de los muertos en mi memoria. Y la hago resonar cuando quiero. Sé distinguir los números, aunque a veces se me mezclan el uno y el dos. El dos me confunde. Me cuesta aprehender su cualidad de ilusoriedad. Pero no se me escapa su inexistencia. Eso no.
Sé ver ficción en todo. Puedo oler anémonas azules si me lo propongo. He desarrollado un sexto sentido para ver los monstruos de la oscuridad. Les planto cara con mi espada luminosa y nos ponemos a charlar de esto y de aquello. Los monstruos tienen muchas cosas que contar.
Sé cómo hacer para que los personajes de un libro se queden adentro mío y me hagan compañía. Ahora mismo está a mi lado un niño llamado Nicolás. Me gusta Nicolás.
Tengo una gran capacidad para confiar. Confío en la luz de la luna, en los rayos del sol, en mi taza de desayuno. Confío en mi canoa y en mi caracola. Confío en la permanencia del observador. Confío en mi soledad. Confío en mi lámpara de lava. Confío en el silencio. Pero, por encima de todo, confío en el instante sagrado del devenir cuando me doy un baño.
Tengo una gran habilidad. Nací con síndrome de recuerdo. Recuerdo la sabiduría de mis ancestros. Recuerdo que todo vino del cielo. Y que esta hoguera de carne es más valiosa que las mareas. Pero no puedo decirlo, porque tendría que hablar con un lenguaje de pompas de jabón que no puede ser balbucido.
Viajo con mi canoa por el mar. Con mi caracola escucho lo que cantan los peces. Me pongo a soñar un sueño, arribo a mil puertos. Vuelvo a zarpar. Atrapo más vivencias y se las ofrendo al infinito del universo para que las imprima en cristal. Sé que es así como se escribe el sonido del tiempo. Pero supongo que eso lo conoce todo el mundo.
He aprendido, a base de ecuaciones metafísicas, a cambiar mi pasado. Momentos de angustia o de pánico, por ejemplo, los permuto en cuestión de nanosegundos en momentos repletos de confianza. Una vez hecho, lo conecto con el presente, que realmente es lo único que entiendo. Es en el ahora donde menos sufro el vértigo. El futuro es una variable que nunca introduzco en mis meditaciones numéricas. Sinceramente, me aturde el concepto y no puedo fingir que no sé qué demonios significa. Para calmarme pienso en la inexistencia del dos. Eso siempre me funciona.
Me he inventado un mundo gracias a la noche. En los momentos nocturnos soy proclive a imaginar. Se me llena la habitación de seres que aparecen de la nada. Es muy habitual que aparezca un gato que habla y se siente a mi lado en la cama para narrarme sus fascinantes aventuras. Cuando me canso de él lo convierto en una clave de sol soprano que canta para mí, si yo quiero, hasta altas horas de la madrugada. Puedo invocar un ejército de luciérnagas, si me concentro mucho. Pero el ser que más me gusta que venga es el casco parlante. Te lo pones en la cabeza y te verbaliza los pensamientos. Así no se escapa ninguno. A mí me va de perlas, porque se me suelen escapar muchísimos cuando no llevo el casco puesto. Algunos pensamientos son muy resbaladizos y cuando tiro a pensarlos ya se me han escabullido. Sobre todo los que me llegan cuando estoy balanceándome agarrado a las ramas de un olmo. Estoy en muchas partes al mismo tiempo.
Soy una hoja al viento, una flor de la noche. Soy el reflujo de las mareas, el soniquete que va en mi búsqueda. Soy el que soy.
Creo que vosotros lo llamáis autismo.
Despierta
Despierta, Flor de lluvia...
La hora está cercana, vienen a buscarme. El horizonte nos ha quedado lejos, pero no te preocupes, los hijos de la noche pronto volveremos.
Ven, siéntate aquí a mi lado.
Tenemos un rato antes de que vengan a apresarme. No te inquietes. Todo lo que ha pasado quedará grabado. Lo vivido se mezcla con la tierra, se impregna en el viento, se hace estalactita en la memoria de los hombres. Y subyace para siempre.
No tengas miedo. El cuerpo es tan sólo un ropaje. Cuando me lo quiten me zambulliré en el Gran Azul en busca del abrazo primigenio. La muerte no puede borrar los lazos que teje el Desconocido. No pongas esa cara de incredulidad, sabes que tu hermano Mil Nombres no te mentiría. ¿Recuerdas aquella noche que vimos llover estrellas sobre el cenote? Morir no es muy diferente, Flor de lluvia. Caerá mi alma sobre el Gran Azul como aquella noche las estrellas en el cenote.
Vete preparando, nos queda poco tiempo. No llores. Nacer es olvidar y la muerte es retornar a la memoria. Sé lo que estás pensando. (El Gran Espíritu no te dio voz pero con tus ojos pronuncias palabras). Estás pensando que no podrás vivir sin tenerme cerca. ¿Quién dice que no estaré? El ulular del búho blanco te hablará de mí, la compañía de la salamandra, el vuelo del alumbranoches, las hojas sobre el río, las secuoyas del monte perdido. Y algún día, en un suspiro de tiempo del universo, con otro ropaje tus ojos volverán a hablarme.
No sientas rabia, te emborrona la mirada y te impide danzar el viaje. Hay que jugar hasta el último momento. Ellos tienen el poder de acortar nuestras vidas, pero las vivencias pertenecen al Sendero. Son sagradas como las raíces de la tierra. Nada ni nadie podrá impedir que las semillas broten y crezcan más alto que nosotros. Es pronto para la unión entre las tribus de los hombres, pero hay que seguir manteniendo la llama encendida.
Oigo pasos... He de desplegar las alas, Flor de lluvia. No sufras. Volaré alto, muy alto, más alto que el águila navegando el cielo.
Ya están aquí, serénate. Sabes que mi corazón te acompaña, recuerda que tan sólo me voy a la habitación de al lado.
jueves, 10 de enero de 2013
Mafalda
Había notado algo. No podía explicarse cómo lo sabía pero supo
inmediatamente que alguien le seguía. Sintió cierta irritación al pensar que un
desconocido había invadido su mundo.
Durante unos días, intentó reconocer a su perseguidor,
contemplando con sus sentidos todo su alrededor, anhelando percibir cualquier
señal, pero todo fue en vano.
Le molestaba sentirse entronizado. Había vivido durante
mucho tiempo en un confortable pero aburrido sopor, habitaba en medio de un
atronador silencio, nada a su alrededor lo motivaba.
Hacía mucho tiempo que ya no tenía apenas consciencia de sí
mismo, su vida había dejado de interesarle. Perdido el sentido de la realidad y
encerrado en su burbuja moraba feliz en su ensimismamiento.
De pronto, notó algo más, una mirada clavándose en él. Comenzó,
inconscientemente, a rememorar, cascadas de imágenes llovían sobre él. Recordó de
inmediato, percibiéndolo como un golpe, que no era la primera vez que sentía esa
mirada, pero la última vez había sido hacía tanto tiempo que lo había olvidado
por completo.
Repentinamente, un torrente de miradas, caricias, abrazos inundó
todo su ser.
Se vio cuando era joven y aún creía, inocentemente, que siempre
oiría risas a su alrededor. También esas risas habían caído presas de su
letargo.
Pero esta vez algo había de especial en esa mirada, las antiguas
miradas que recordaba eran erráticas, ávidas, risueñas. Sin embargo, esta no
era como las demás, esta era una mirada lánguida. Pero, a pesar de que también
había en ella algo escrutador, no carecía de empatía. Sintió al momento una
conexión especial con esa presencia.
A medida que iba recordando y dejándose observar por ese algo
misterioso se sentía más a gusto consigo mismo. No recordaba haberse sentido
así nunca. De alguna manera se sentía admirado, como si fuese único.
Cuanto más notaba a aquello más se conocía a sí mismo. Esta
presencia le hacía recordar su pasado, sepultado bajo capas y capas de días
grises y que se asemejaba más a una vida pasada.
Al cabo de los días, que para él habían sido como años, supo
quién era ese ser.
Fue al notar cómo una mano lo agarraba con mucha delicadeza, ocurrió
tras sentir el tacto de unos dedos, viejos, femeninos, lentos. Fue en ese
momento cuando supo que esa presencia no le era desconocida. Aunque aquellos
dedos eran diferentes, la sensación que le habían transmitido era que los
conocía, ahora lo revivía con suma claridad. Ese ser había estado junto a él
desde el principio de sus vidas.
Él había formado parte de la infancia de esa mujer, la recordaba
siendo una niña, jugando, aprendiendo, divirtiéndose con él.
Pero ella había cambiado, lo percibía. De pronto, una gota de
agua cayó sobre su cuerpo y una inmensidad de tristeza se apoderó de él. Algo
le estaba pasando a la mujer y él no podía ayudarla. Al cabo de unos minutos dejó
de sentirla, la mano dejó de transmitirle calor, la mirada se esfumó. Supo que ella
había volado cual ave aprisionada en jaula.
No pudo evitar entristecerse, un reencuentro le había reanimado
el alma, pero la mañana llegaría pronto y le encontraría solo, de nuevo.
Cuando llegó la mañana, ella entró a ver a su abuela. Profirió
un alarido al verla muerta en la cama. Apenas pudo reprimir el llanto al ver la
imagen que tenía ante sus ojos. Su abuela mostraba una pequeña sonrisa en
contraste con la muerte que había anidado en su rostro y su mano derecha reposaba
encima de un libro. La mujer lo cogió, lo cerró y lo colocó en la estantería.
Y así fue como él volvió al silencio atronador.
Pasado un tiempo, otras personas se cruzarán en su vida, sentirá
la presencia de otros seres observándole, acariciándole. Pero no volverá a
compartir una vida de principio a fin con esos seres ni con sus miradas.
Después de aquella niña vestida de anciana que expiró a su lado
nunca más volvió el libro a sentir nada.
Sin miedo
Hacía una semana que el gato no recibía ninguna patada propinada
por el hombre, por lo que se sentía muy inquieto. Estaba seguro de que la ira
del humano no tardaría mucho en volver a recaer sobre él. Se había sentido
tentado de abrazar su lado salvaje y hacerse gato callejero, pero no era capaz
de hacerlo. No abandonaría a su amigo ni por toda la paz gatuna del mundo.
Sabía que éste jamás lograría sobrevivir en la selva asfaltada.
Su amistad había ido creciendo con el tiempo mientras compartían
estremecimientos. Al principio ninguno de los dos se había percatado de la
presencia del otro, el pavor que les causaba el hombre los aislaba
encerrándolos en su propia burbuja.
Por lo que se refiere al gato, sólo prestaba atención a huir de los
puntapiés y lanzamientos de toda clase de objetos. En cuanto a su amigo, se
encerraba en sí mismo acallando el rumor de sus palabras mientras temblaba de
principio a fin.
El primer encuentro se produjo un día en que el hombre no se
hallaba en la casa. El gato, relajado y con ganas de descansar de los gritos y
patadas, se subió a una estantería, donde se acurrucó enrollado sobre sí mismo.
Fue ahí donde lo conoció. Su amigo estaba solo, ningún congénere
le acompañaba para aliviar el pandemónium del hombre.
De repente, el gato percibió unos curiosos susurros, era su
amigo que le recitaba palabras que llevaba guardadas en su ser. Comenzó a
maullar de satisfacción, porque los susurros eran como manitas que le
acariciaban detrás de las orejas, y los sonidos que emitía le recorrían desde los pelos del bigote hasta los de su larga cola provocándole un unmenso placer.
Pasaban los días y cuanto más tiempo estaba el gato con su
amigo, más fácil le resultaba olvidar las punzadas que le daba su estómago
vacío.
Desde el día en que los dos amigos se conocieron el pobre gato
no había salido a buscar comida, entretenido en restregar el hocico por el lomo
de su acompañante, que aleteaba sus miembros como si quisiera salirse de sí
mismo para agradecérselo.
Aunque el estómago del gato rugía no quería abandonar a su nuevo
compañero, se le erizaba todo el pelaje sólo de pensar en dejarlo a solas con
el hombre. El miedo a que le pasara algo era demasiado fuerte para un gato.
Cuando el hombre aparecía el felino se escabullía rápidamente
para esconderse en un rincón. Al mismo tiempo, su amigo, silenciando su fuente
de susurrantes palabras, se cerraba encogido en su propio abrazo.
Les parecía que el hombre traía consigo todos los demonios
juntos.
Una noche de plenilunio se hicieron realidad los peores temores del
gato. El hombre, sumergido en un océano de ira avanzaba pegando gritos, persiguiendo
al gato con un cuchillo en la mano. Para alivio del gato el hombre se tropezó
con una silla, perdió el equilibrio y se cayó estrepitosamente.
Confuso y mareado, con miedo a moverse por si se había roto
algo, se quedó durante un rato tumbado en el suelo justo al lado de la
estantería.
A su vez, el gato, subió a la estantería aterrado, el único
lugar en el que había disfrutado de su vida gatuna, quizás buscaba sentirse
arropado y protegido por su amigo de letras.
El felino le imprimió tal ímpetu al salto debido al terror, que
provocó el balanceo del citado mueble, causando a la vez la misma oscilación en
su amigo. Éste se mantuvo meciéndose
hacia delante y atrás, como acunado por una mano invisible, durante unos
segundos.
La voluntad del amigo prevaleció, pareció como si hubiera
perdido el miedo al ver al gato en peligro. ¿Temió que el hombre recuperara las
fuerzas? No lo sabemos, lo que sabemos es que cayó hacia delante con toda su
energía entintada impactando directa y contundentemente contra la nuez del
hombre. El cual, tras el golpe, se agarró el cuello mientras sus ojos se iban desorbitando
poco a poco.
De repente un gorgoteo carmesí surgió de la boca del hombre,
presuroso por salir de su garganta.
Al cabo de unos pocos minutos tan sólo se oyó restriegue de
lomos, aleteo de páginas y sonoros ronroneos.
Mientras, el hombre expiraba ahogado en su vómito de sangre.
viernes, 27 de julio de 2012
Los Thibault (Ataque de paz)
En la retina de mi mente guardo una imagen que mi mirada
jamás contempló.
Llegó a mí cuando caí en una novela-río. Yo me bañaba y
navegaba por sus líneas, nadando cada uno de sus recodos con el alma en un puño
y respirando gemidos. Pero fue al bucear sus profundidades cuando el río me
arrastró hasta el corazón de un Thibault. Jacques Thibault, personaje de carne
y hueso, eterno y humano al mismo tiempo.
Un alma joven que murió porque vivió demasiado, porque no se
negó a afirmar su negación, por no querer olvidarse de su innata memoria. En mi
pecho, todavía palpitando, vive aquel que miró con su mirada.
En mi recuerdo habita su memoria del futuro, impoluta,
incorruptible. Es una semilla de revolución silente, germinando en la tierra
para el mañana, agazapada, pero creciente.
He soñado con un Jacques del futuro insuflado de vida por
una legión de guerreros pacíficos. Revivían la consciencia, la fraternidad
resucitaban. El odio, fruto de la desigualdad, y al borde de la inanición, huía
de los hombres con las pocas fuerzas que le quedaban. He soñado el sueño de
todos los que fueron Jacques. Aquellos que con sus actos no pudieron cambiar
nada pero vivieron su verdad. Un único más sin cosecha propia, que siembra
nuevos frutos para que los recoja la posteridad. A muchos seres únicos les
debemos mucha libertad.
La realidad de la novela-río te muerde con sus afilados
dientes. Te espantas con el olor a guerra que desprende. El horror se sale de
las páginas para metérsete dentro de la mente y una honda repulsión te recorre
todo el cuerpo. Ante el espejo observas con estupor que hasta de tus pupilas
flamea la guerra, te aterras al descubrirte la mirada destellando proyectiles
de fuego. ¡Cómo escupen los ojos llamaradas de rabia! Sucede que la toxicidad
de la brutalidad sólo puede vomitarse por las ventanas del alma.
Para los sedientos de guerra, todo el mundo es un espía, un
extranjero, un otro distinto. Saben despojar lo humano del humano y ponerle la
careta de enemigo. A los que se les ha congelado el cuerpo de miedo todo el
mundo les da miedo. Y Jacques quedó como lastre, como palabra irreverente que
no se atreven a pronunciar las gargantas audaces.
Jacques, para quedarse entero, se fracturó en miles de
trocitos que, todos juntos, conformaron un NO, afirmación de la vida que, a
veces, sólo puede ser expresada por la muerte. En su ataque de paz contra la
guerra Jacques se combatió a sí mismo.
Las corrientes de la novela-río desembocan en el mar de la
libertad. La libertad de atrevernos a ser lo que somos, aun a riesgo de
fracasar. El rumor del oleaje de este mar habla de no mutilarnos las palabras,
sus olas nos susurran defender nuestra pasión sin que la pasión nos impulse a
atacar. Su abisal transmite la victoria de los guerreros en paz.
Aunque la evolución sea lenta y la meta no la vean nuestros
ojos, aunque tengamos que devorarnos a nosotros mismos, lentamente, para
eliminar este hartazgo de esclavitud que nos atenaza el aliento, que nos
amordaza el entendimiento, la libertad, mañana, será de todos.
Cuando salgas del río-libro aún nadarás fundiéndote con el
vaivén de su corriente, rebosante de vida impenitente, todavía notarás cómo te
empuja la extraña fuerza de su cauce. Recordarás vivencias que no viviste y
que, sin embargo, sentirás cómo anidan, reposando en tu alma en carne viva. La
novela-río sólo busca refugiarse en ti. Yo aún guardo en mi memoria, como un
tesoro, una imagen que nunca vi.
Jacques Thibault buceando por el río-libro con su NO
borboteando de su sonrisa.
lunes, 7 de marzo de 2011
Lengüetazos al lenguaje
Granizan palabras como bolas de nieve entintadas.
Hoy no me pongo el chubasquero que me protege de los párrafos y párrafos que relampaguean en el literario cielo de la negra vida. No me resguardo, hoy no. Quiero sentir el diluvio universal de las palabras sobre todo mi cuerpo fragmentado. Quiero apostar mi vida por la palabra fracasada, quiero entregar mi vida al vocablo más pobre, oprimido y relegado que haya vivido y significado en toda la historia del lenguaje. Y quiero estar a su lado, por siempre, y llevarlo en mi bolsillo de certidumbres, allá donde el divino designio de los vocablos quiera que vayamos.
Y si he de perder la locura que me mantiene cuerda, que así sea.
Y si he de abandonar esta jaula que me libera, que así sea.
Tormentosa lluvia de palabras cae hoy sobre mi cabeza de barro paginada, y la dejo resbalar por mis mejillas de texto. Me empapa de prosa con su olor a poesía de la tierra.
Esta húmeda arcilla de versos me refresca las oraciones consabidas y las deja sin el fatídico punto final.
Hoy brilla el sol de mediodía en el mundo fraseado, resplandece con sus rayos transcritos por toda la lingüística de la creación. Y salgo al exterior, a la ficcional negra vida iluminada, a los vivientes bosques de cipreses legendarios que se ofrecen al firmamento de anónimas firmas estelares. El paisaje de los textuales pasajes es embriagador, todas las apalabradas flores han florecido. Es exquisito el perfume de los poéticos lirios silvestres, se agolpa a mis sentidos idiomáticos cual aroma de otro planeta, mágico y elocuente.
Hoy salí de la inmensidad profunda de mis gotas poetizadas, pero me asusta la superficie de cualquier verso. He vuelto a la cueva donde sopla la tempestad de las estrofas, me gusta cuando las siento golpeándome la cara.
Hoy sobrevuelan personajes sobre mi morada, me fascina observar sus vuelos.
Les doy a todos mi palabra, para que jueguen con ella. Pero se cansan pronto y la olvidan en un rincón. Sonrío para mis adentros. Ahora se han puesto a jugar con el vocabulario. Son unos bichos indómitos muy amados por mí. Me enseñan a que no se me olvide que vine a la vida, sobre todo, a disfrutar y a sentir.
Hoy he oído la llamada del océano de las letras silenciosas. Buceo por sus aguas, de inconsciencia desiertas, pesco voces pertenecientes a mudos significados que dejo en mi canoa de inmortales encuentros significantes. Luego los libero, para que otros buceadores de mares de letras puedan definirse sus sentimientos, también.
Hoy se ha marchitado el bosque de las flores apalabradas. He llorado negras lágrimas de tinta. Pero he sembrado nuevas semillas de texto. Nada muere en el mundo fraseado. Nada. Todo se alimenta de todo, es la misma esencia gestándose en múltiples facetas lo que de verdad queda.
Lazos enlazados a la tierra, hoy desenlazo.
Nudos anudados al alma, hoy desato.
Se me escurren entre los dedos los pensamientos.
Hoy pongo flores a palabras muertas.
Hoy no me pongo el chubasquero que me protege de los párrafos y párrafos que relampaguean en el literario cielo de la negra vida. No me resguardo, hoy no. Quiero sentir el diluvio universal de las palabras sobre todo mi cuerpo fragmentado. Quiero apostar mi vida por la palabra fracasada, quiero entregar mi vida al vocablo más pobre, oprimido y relegado que haya vivido y significado en toda la historia del lenguaje. Y quiero estar a su lado, por siempre, y llevarlo en mi bolsillo de certidumbres, allá donde el divino designio de los vocablos quiera que vayamos.
Y si he de perder la locura que me mantiene cuerda, que así sea.
Y si he de abandonar esta jaula que me libera, que así sea.
Tormentosa lluvia de palabras cae hoy sobre mi cabeza de barro paginada, y la dejo resbalar por mis mejillas de texto. Me empapa de prosa con su olor a poesía de la tierra.
Esta húmeda arcilla de versos me refresca las oraciones consabidas y las deja sin el fatídico punto final.
Hoy brilla el sol de mediodía en el mundo fraseado, resplandece con sus rayos transcritos por toda la lingüística de la creación. Y salgo al exterior, a la ficcional negra vida iluminada, a los vivientes bosques de cipreses legendarios que se ofrecen al firmamento de anónimas firmas estelares. El paisaje de los textuales pasajes es embriagador, todas las apalabradas flores han florecido. Es exquisito el perfume de los poéticos lirios silvestres, se agolpa a mis sentidos idiomáticos cual aroma de otro planeta, mágico y elocuente.
Hoy salí de la inmensidad profunda de mis gotas poetizadas, pero me asusta la superficie de cualquier verso. He vuelto a la cueva donde sopla la tempestad de las estrofas, me gusta cuando las siento golpeándome la cara.
Hoy sobrevuelan personajes sobre mi morada, me fascina observar sus vuelos.
Les doy a todos mi palabra, para que jueguen con ella. Pero se cansan pronto y la olvidan en un rincón. Sonrío para mis adentros. Ahora se han puesto a jugar con el vocabulario. Son unos bichos indómitos muy amados por mí. Me enseñan a que no se me olvide que vine a la vida, sobre todo, a disfrutar y a sentir.
Hoy he oído la llamada del océano de las letras silenciosas. Buceo por sus aguas, de inconsciencia desiertas, pesco voces pertenecientes a mudos significados que dejo en mi canoa de inmortales encuentros significantes. Luego los libero, para que otros buceadores de mares de letras puedan definirse sus sentimientos, también.
Hoy se ha marchitado el bosque de las flores apalabradas. He llorado negras lágrimas de tinta. Pero he sembrado nuevas semillas de texto. Nada muere en el mundo fraseado. Nada. Todo se alimenta de todo, es la misma esencia gestándose en múltiples facetas lo que de verdad queda.
Lazos enlazados a la tierra, hoy desenlazo.
Nudos anudados al alma, hoy desato.
Se me escurren entre los dedos los pensamientos.
Hoy pongo flores a palabras muertas.
domingo, 6 de febrero de 2011
Negra vida
Le creé la vida.
Pero, llegado un momento, no fue suficiente.
Él anhelaba más, más de lo que yo le podía dar.
Lo vi languidecer, marchitarse, desvanecerse.
Lo sentí desprenderse, evadirse, temerse.
Se le envejecieron las alas de la imaginación y se esfumó, doblando la esquina de una página.
Lo último que dijo a través de mí fue: “Recuerda tu muerte”, “no dilapides tu vida”.
Él era un personaje que no supe cuidar. Él fue un amigo al que no alcancé todavía.
Él dormía su sueño de negra tinta esperándome, esperando que le diera otra vida.
Descansando en el confuso mundo del desasosiego,
se fatigó de tanto desconcertante reposo.
Él creyó que le haría una cuna de letras,
y acabé sepultándolo en una tumba de ausencias.
Una mañana muy noctívaga hice una promesa,
la escribí usando el lenguaje del silencioso viento y la envié por correo abisal.
Era una promesa que honraba la memoria de los personajes frustrados.
Era una promesa lacrada con el sello de la eternidad,
y estaba grabada en la piedra sagrada del monte Perenne.
Esa promesa susurraba cuentos de consciente y cierta ficción,
ofrenda que entregué al creador de creadores,
y éste, con su omnisciencia de la fantasía,
la depositó en el arcón de los pactos entintados,
donde ya duerme el sueño perpetuo.
Desde entonces les guardo un respeto inmenso y tierno.
Ya no los acumulo, ya no los colecciono,
ya no les ruego por mi identidad.
No están hechos a mi imagen y semejanza,
no están imaginados sólo por mi ingenio,
y no responden a mi firma.
No tengo firma, no tengo nada.
Soy lo que vivo.
Les libero de mis yacimientos, de mi vigilancia.
Les dejo volar sus propios vuelos.
Ellos aún no han olvidado cómo se planea,
ellos aún recuerdan la verdadera realidad.
No seré su custodia;
les daré mi aliento, les cederé mi pluma,
mas ellos vuelan su propia travesía,
y sólo ellos saben de sus acrobacias y sus caídas.
Ya no creo personajes porque sí,
sólo doy existencia a los que deseo y amo con locura.
Porque existen, es verdad que existen, que sienten,
que albergan, que les duele una vida.
Es cierto que respiran nuestras inspiraciones,
que sufren nuestras torturas,
que padecen nuestros trastornos.
Ellos son como otros nosotros.
Son seres de fantasía de verdad,
no son mera ilusión ni puro inventiva.
No son de mentira.
Yo iba peregrinando por los caminos de arcanos lenguajes,
vagando por las espesas selvas de olvidadas islas,
atravesando los pasajes de arrecifes en blanco y negro,
cuando, repentinamente,
a través de una página extraviada en el manglar de mi antología,
oí una voz que decía:
“Recuerda tu muerte, no dilapides tu vida.”
Pero, llegado un momento, no fue suficiente.
Él anhelaba más, más de lo que yo le podía dar.
Lo vi languidecer, marchitarse, desvanecerse.
Lo sentí desprenderse, evadirse, temerse.
Se le envejecieron las alas de la imaginación y se esfumó, doblando la esquina de una página.
Lo último que dijo a través de mí fue: “Recuerda tu muerte”, “no dilapides tu vida”.
Él era un personaje que no supe cuidar. Él fue un amigo al que no alcancé todavía.
Él dormía su sueño de negra tinta esperándome, esperando que le diera otra vida.
Descansando en el confuso mundo del desasosiego,
se fatigó de tanto desconcertante reposo.
Él creyó que le haría una cuna de letras,
y acabé sepultándolo en una tumba de ausencias.
Una mañana muy noctívaga hice una promesa,
la escribí usando el lenguaje del silencioso viento y la envié por correo abisal.
Era una promesa que honraba la memoria de los personajes frustrados.
Era una promesa lacrada con el sello de la eternidad,
y estaba grabada en la piedra sagrada del monte Perenne.
Esa promesa susurraba cuentos de consciente y cierta ficción,
ofrenda que entregué al creador de creadores,
y éste, con su omnisciencia de la fantasía,
la depositó en el arcón de los pactos entintados,
donde ya duerme el sueño perpetuo.
Desde entonces les guardo un respeto inmenso y tierno.
Ya no los acumulo, ya no los colecciono,
ya no les ruego por mi identidad.
No están hechos a mi imagen y semejanza,
no están imaginados sólo por mi ingenio,
y no responden a mi firma.
No tengo firma, no tengo nada.
Soy lo que vivo.
Les libero de mis yacimientos, de mi vigilancia.
Les dejo volar sus propios vuelos.
Ellos aún no han olvidado cómo se planea,
ellos aún recuerdan la verdadera realidad.
No seré su custodia;
les daré mi aliento, les cederé mi pluma,
mas ellos vuelan su propia travesía,
y sólo ellos saben de sus acrobacias y sus caídas.
Ya no creo personajes porque sí,
sólo doy existencia a los que deseo y amo con locura.
Porque existen, es verdad que existen, que sienten,
que albergan, que les duele una vida.
Es cierto que respiran nuestras inspiraciones,
que sufren nuestras torturas,
que padecen nuestros trastornos.
Ellos son como otros nosotros.
Son seres de fantasía de verdad,
no son mera ilusión ni puro inventiva.
No son de mentira.
Yo iba peregrinando por los caminos de arcanos lenguajes,
vagando por las espesas selvas de olvidadas islas,
atravesando los pasajes de arrecifes en blanco y negro,
cuando, repentinamente,
a través de una página extraviada en el manglar de mi antología,
oí una voz que decía:
“Recuerda tu muerte, no dilapides tu vida.”
jueves, 3 de febrero de 2011
La guardiana entre el presente no
Me está acechando desde el principio de los tiempos.
Jamás, en toda la historia de mi humanidad, albergué tanta rabia, tanta negación. Yo quise que me contara sus secretos, la exhorté a revelarme origen y destino. Pero se rebeló.
Al principio me ignoraba. No contestaba mis llamadas ni mis preguntas y evitaba la confrontación.
Luego, cambió a peor. Era muy agresiva, y le cogí miedo.
Reconozco que intenté huir de ella, me aterraba el poder tan inmenso que tenía y sigue teniendo sobre mí. Confieso que yo se lo di.
Mas no pude escapar de ella. Cuando ya creía que nos habíamos olvidado mutuamente, me la encontraba, de repente, responsable de un motín, de un fuego, o de un altercado cualquiera.
Yo siempre hacía todo lo que podía por ella. Porque, en el fondo, ella es como otra parte de mí y yo soy como otra parte de ella.
Y he aquí que ahora hemos llegado a un callejón sin salida. Es ella o yo. Me debato entre la muerte y la muerte. Si me mata, muero. Si la mato, muero. Muerte o muerte, ésa es la disyuntiva.
Yo no la puedo matar. Es amiga de mi alma, su esencia forma parte de mi esencia, ¿cómo dañarla sin dañarme yo? Ella me hace sufrir, me atormenta. Una sola confidencia suya bastaría para aliviarme este ya intolerable dolor. Pero sé que no lo hará, seguirá ocultándome nuestra patria, nuestras raíces, nuestro hogar.
Me rindo, que haga conmigo lo que quiera. Yo la amo aunque me sangren sus silencios.
Yo la amo aunque se me infecte la razón con tanto de su virus amnésico.
Ella es mucho más fuerte que yo, ella tiene la serenidad y la paciencia de toda la eternidad. Me conoce la debilidad, sé que me derrotará. Pero no me importa, porque en esta lucha muerte a muerte, la que es derrotada es la que menos pierde.
La herida estará, por siempre, abierta. No sé de cicatriz para esta pena. No hay ventana, no existe puerta. Cercada, aislada, acorralada. Estoy contra las corduras. Recluida en el sentimiento de un significado, condenada al exilio del alfabeto, empañada de cienos ajenos.
Todos los soles y todas las lunas que he llevado durante eones y eones en el regazo, ahora se me apagan para dejar paso a la nocturna guerra de las guerras, la batalla final comienza. Lo he perdido todo en esta travesía inmensa para poder tenerlo todo por ganar, todo por recuperar.
Ella y yo nos hemos navegado las miradas desde que caímos al otro lado del espejo, desde que nos vemos rodeadas por este muro de fuego. Nos conocimos mucho antes de encontrarnos. Y ahora nos encontramos de nuevo, sin habernos conocido. Enfrentadas nuestras vidas, nos reconciliará la muerte.
Desde siempre he sabido que lleva acechándome desde el principio de los tiempos:
Me encañona una palabra.
Me apunta con el rifle del olvido.
Y me tiene a tiro.
Volver, volver, volver...
Jamás, en toda la historia de mi humanidad, albergué tanta rabia, tanta negación. Yo quise que me contara sus secretos, la exhorté a revelarme origen y destino. Pero se rebeló.
Al principio me ignoraba. No contestaba mis llamadas ni mis preguntas y evitaba la confrontación.
Luego, cambió a peor. Era muy agresiva, y le cogí miedo.
Reconozco que intenté huir de ella, me aterraba el poder tan inmenso que tenía y sigue teniendo sobre mí. Confieso que yo se lo di.
Mas no pude escapar de ella. Cuando ya creía que nos habíamos olvidado mutuamente, me la encontraba, de repente, responsable de un motín, de un fuego, o de un altercado cualquiera.
Yo siempre hacía todo lo que podía por ella. Porque, en el fondo, ella es como otra parte de mí y yo soy como otra parte de ella.
Y he aquí que ahora hemos llegado a un callejón sin salida. Es ella o yo. Me debato entre la muerte y la muerte. Si me mata, muero. Si la mato, muero. Muerte o muerte, ésa es la disyuntiva.
Yo no la puedo matar. Es amiga de mi alma, su esencia forma parte de mi esencia, ¿cómo dañarla sin dañarme yo? Ella me hace sufrir, me atormenta. Una sola confidencia suya bastaría para aliviarme este ya intolerable dolor. Pero sé que no lo hará, seguirá ocultándome nuestra patria, nuestras raíces, nuestro hogar.
Me rindo, que haga conmigo lo que quiera. Yo la amo aunque me sangren sus silencios.
Yo la amo aunque se me infecte la razón con tanto de su virus amnésico.
Ella es mucho más fuerte que yo, ella tiene la serenidad y la paciencia de toda la eternidad. Me conoce la debilidad, sé que me derrotará. Pero no me importa, porque en esta lucha muerte a muerte, la que es derrotada es la que menos pierde.
La herida estará, por siempre, abierta. No sé de cicatriz para esta pena. No hay ventana, no existe puerta. Cercada, aislada, acorralada. Estoy contra las corduras. Recluida en el sentimiento de un significado, condenada al exilio del alfabeto, empañada de cienos ajenos.
Todos los soles y todas las lunas que he llevado durante eones y eones en el regazo, ahora se me apagan para dejar paso a la nocturna guerra de las guerras, la batalla final comienza. Lo he perdido todo en esta travesía inmensa para poder tenerlo todo por ganar, todo por recuperar.
Ella y yo nos hemos navegado las miradas desde que caímos al otro lado del espejo, desde que nos vemos rodeadas por este muro de fuego. Nos conocimos mucho antes de encontrarnos. Y ahora nos encontramos de nuevo, sin habernos conocido. Enfrentadas nuestras vidas, nos reconciliará la muerte.
Desde siempre he sabido que lleva acechándome desde el principio de los tiempos:
Me encañona una palabra.
Me apunta con el rifle del olvido.
Y me tiene a tiro.
Volver, volver, volver...
viernes, 28 de enero de 2011
¡Al ladrón!
¡Al ladrón! ¡Al ladrón!
Alto y claro lo escribo:
Khalil Gibrán: Ladrón de palabras.
¿Cómo se atreve? ¿Qué haré con este hombre que me roba las palabras tan suave, sutil y elegantemente? Este hombre es un canalla, hermana prisionera de la poesía, este hombre es capaz de dejarme sin palabras, literalmente, capaz de desnudarme de todas mis palabras. Desde ya os aviso, compañeras prisioneras, este hombre es capaz de secuestraros y manteneros enredadas en su mundo tachonado de poesía. Id con cuidado, compañeros.
Pero, sin duda, esto no es lo peor. Este hombre, hermano prisionero de la poesía, no se contenta con expoliarme las palabras. No. Este hombre tiene la desvergonzada costumbre de provocarme atormentados estados jubilosos con la manera que tiene de combinar las palabras, que son las mías, claro está. También es verdad que gracias a que me roba las palabras sé lo que me digo, gracias a este ladrón de palabras traductor.
Yo no sé cómo lo hace, pero sin duda es un artista, un polifacético artista de significados. Es un loco, un conjurador de realidades. Tiene una extraordinaria habilidad para sofocarme pirámides de hielo, para inundarme con fuego. Me tiene cautiva porque estoy cautivada por sus versos. Sus versos: sacudida brutalmente abrumadora. No tiene compasión de mí, compañeras prisioneras de la poesía, no se da cuenta de que tanta vida poética suya me mata, no se acuerda de que cuanta más poesía más pesan las máscaras. Pero él está determinado a robarme también las máscaras, para quemármelas. Bendito sea.
Tal y como predijo cuando escribió: “Prestad oído y yo os daré una voz”, este hombre me ha robado las palabras y me ha dado una voz, una voz inadvertida, secreta. Es un poeta creador de auroras luminosas. Si lo que quieres es seguridad no lo escuches, hazte el sordo, yo me hallo en una travesía sin destino sólo por escucharle decir: “Soy un viajero y un marinero, todos los días descubro un continente nuevo en mi alma”. ¿Cómo podría yo ignorar su alarma para el despertar? ¿Cómo podría? Sólo quien albergue un corazón que esté a salvo de sí mismo podría.
Es inútil, de mí ya se ha apoderado, a mí nunca me liberará, yo ya he caído en su océano poético. Pero todos vosotros, compañeros prisioneros de la poesía, aún estáis a tiempo. Puede que penséis que estáis a salvo, puede que no entendáis cómo os puede atrapar un hombre muerto. Mucho cuidado, camaradas prisioneros, toda atención será poca si os persigue la poesía de los muertos. La poesía de los muertos es la más peligrosa, está embrujada con el encanto del eco imperecedero. La poesía de los muertos habla lo eterno.
Me preguntáis cómo me hallé felizmente atrapada en su mundo poema. Así sucedió:
Aún no me había alcanzado todo lo que soy cuando él me encontró, aún no estaba mirando con los ojos abiertos cuando le vi. Aún no conocía yo los riesgos de la poesía, aún no sabía que era susceptible de acabar enredada en su tela, no me suponía yo presa de las palabras cuando pude caer en la trampa. Fue entonces cuando el espíritu de sus palabras se hizo tinta para preguntarme: “Si el invierno dijese: en mi corazón está la primavera, ¿le creerías?”. En ese mismo momento me atrapó, ahí comenzó mi celeste tormento, ya estaba cazada. Después de contestarle a su pregunta afirmativamente me invadió una conocida felicidad extraña. Y ahí ya sí que me perdí para siempre, camaradas lectores, ahí ya sí que me supe desahuciada. Así de rápido me alcanzó su eternidad.
Me embarqué en su navío de velos y vuelos, renuncié a la fiesta de los sentidos, pues yo no moro en mi mente ni en mi cuerpo, sino en el aliviante gemido de la búsqueda serena. Inicié el trayecto de búsqueda para encontrar el presente, para dejar de extraviar el instinto. Sus navegantes pensamientos habían dejado estelas en el mar de su mundo poema, y amando su belleza, estando yo encadenada, viajé más libre. Así fue como comencé a amar mi infierno. Así fue como me encontré, me hallaba perdida en la perdición.
Todo esto sucedió hace mucho tiempo, pero todavía le escucho decirme: “Te zarandeo para liberarte de tu cáscara”. Y yo, en este abismo insondable por el que navego, le grito, le imploro que cese, pero bendito sea este hombre que me deja el alma al aire con sus aguijones. Por eso, desde los siempres, le pido: Háblame del amanecer. Y él, el errante profético que siempre permanece, tal y como prometió, me desafía la noche cada vez que le doy mi silencio.
Y a pesar de que permanezco en tormenta, ya no estoy atormentada, y aunque continúo por la perdición ya no estoy perdida, pues en su mundo poema la vida va en mi busca, y las palabras también. Por eso ahora sé que este hombre que me roba las palabras no me las está robando, porque nuestras palabras no son nuestras palabras, son las palabras de la voz de la vida, deseosa de su lenguaje.
Hermana cautiva, imagina mi jaula. Al amanecer, Khalil me dice con las palabras de la vida: “Beberé el amor como un vino, y lo llevaré como un traje”. Date cuenta cómo una cosa es bucear la poesía y otra muy distinta es serla, compañero prisionero, sólo así comprenderás la coexistencia de esta pesadilla y esta maravilla que ves en mi jaula. Porque cuando no se es, cuando no se alcanza su poesía, ésta te atosiga, te lacera, te persigue hasta que te encuentra.
Compañero prisionero, contempla mi jaula. Al atardecer, Khalil me cuenta con la voz de la vida acerca de su amada derrota, y a mí, aun rodeada por esta fiebre social de exitosas glorias, se me contagia ese amor. Porque, ¿qué glorias son éstas a las que aspiran los hombres sino tumbas para la vida?, ¿qué son estos triunfos por los que los hombres se esclavizan? No son otra cosa que vanas quimeras. Observad, compañeros cautivos de la poesía, cuánto es lo que no comprendemos los locos. ¡Qué de lógicas se nos escapan y qué de sin sentidos discernimos! Aquel que revela al loco que esconde es un vigilante de infinitos, mantiene la guardia para que nunca se cierre la puerta que da al jardín de la expedición inabarcable. Los locos somos así de sensatos.
Camaradas ermitaños de la poesía, traspasad ese inexistente instante que veis y entrad a mi jaula, tenéis permiso para palpar la solidez de estos barrotes de papel mentales. Al anochecer, Khalil, antes de que se me vuelvan a cerrar los ojos con un narcótico social, me espolea: “¿Qué río es ése que perdió su curso sin llegar hasta el mar?”. Y entonces fluyo por mi torbellino, timoneo el flujo de su torrente y surco la serenidad que da la confianza en lo desconocido. Comprobad lo frágiles que son estos sólidos barrotes. Una sola certeza puede atravesarlos, pero se ha de ser constante para lograr la maestría en esta alquimia, hermanos condenados por la poesía.
El único pecado es creerse pecadores. El único pecado es creerse superior a una gota de agua o inferior a la energía arquitecta de todo lo que es. Esta es la filosofía del loco, esta es la maestría que nunca se pierde, la maestría que se enseña a sí misma la maestría, esta es la eterna sabiduría. Esta sabiduría cada uno se la habrá de enseñar a sí mismo, mas no se la puede aprender sino es recordándola. Hemos escogido libremente ser esclavos para desenmascarar a la tiranía de este yugo sumiso y conformista, para mostrarla como lo que es, una red de engaños y mentiras. Los locos somos así de gentiles y peligrosos. Nuestra peligrosidad no es otra cosa que ser conscientes de nuestra jaula y de nuestro poder para convertir sus rejas en remos, en alas, en patas, en antenas con las que percibir más allá de lo que está legislado, regulado, establecido. Pero los locos no nos enorgullecemos de la desnudez de nuestra jaula, pues somos conscientes de que otro loco puede señalarnos allende de lo desenmascarado.
La lógica de los locos acepta los absurdos, esto se debe a que una de nuestras múltiples virtudes defectuosas radica en que nuestra prudencia es satisfactoriamente temeraria. Sólo los que se reconocen desequilibrados se hallan cerca de la equilibrada simetría. Sólo los que no comprenden saben y disciernen. Sólo los que no razonan con el intelecto reflexionan más allá de lo restringido. Los locos existimos para que nada sea incuestionable. Somos así de depravados, así de necesariamente molestos. Pero, aun encadenados a este encadenamiento dentro de nuestra bella jaula, los locos continuaremos viviendo nuestra locura, de ahí que sepamos que no sabemos ser otra cosa sino locos.
Se vislumbra la jaula cuando se anhela la libertad, el loco entiende así lo razonable. Mas si no estás preparado para descubrir tu jaula, si no estás dispuesto a amarla y hacerla tuya para poder trascenderla, entonces, hermano de la poesía, más vale que no visites el poético mundo del profeta, del loco, del vagabundo, del hereje, de aquel que yo llamo ladrón de palabras. No te atrevas ni a poner un dedo del pie en ninguno de sus amaneceres poema, te lastimarían, compañero miembro de la fraternidad de la poesía, y yo te quiero con los ojos puestos en tu próximo horizonte, yo quiero que, a través de la ventana de tu alma, siempre te puedas alcanzar a ti mismo. Ese es el más trascendental de los objetivos de un loco, y continuará siéndolo, por la eternidad de la eternidad.
Cuando se vislumbra la jaula surge el loco. El loco visionario de pasados y vividor de presentes, el loco por amor a la locura. Y cuando el loco aparece, ya no hay quien pueda evitar la tormenta, sus rayos provocan incendios, el fuego del loco te persigue. Comienza la batalla a muerte por la vida, el loco se declara la paz a sí mismo y no cejará hasta ganarse.
Alcanzar la unidad es tropezarse con la paradoja, sólo en la desolación se halla refugio. Así es como reza el hereje. El eco de la antigua y silenciosa noche retumba en sus vísceras, y los ojos de su alma miran al alba. El hereje se distancia para estar más próximo al prójimo. Quien critique su destreza demostrará su carencia de profundidad y perspectiva. Lo pequeño es otro grande y lo grande otro pequeño, todo depende de los parámetros que se escojan para definir el experimento que llamamos realidad. Paz santa al hereje. El hereje no está atento a indicaciones.
Hermanas antiguas, vosotras que os perfumáis con poesía estrellada, vosotras que os adornáis y os embellecéis con conchas de versos, dejadme que os silbe el cántico que mi alma interpreta cuando Khalil hace sonar el arpa de su lírica. ¿Quién es el que aspira a ser quien es? ¿En qué despertares arde el despertar? ¿Dónde está el evocador de futuros cuentos del pasado? El que se auto eleva de sus cenizas, ¿dónde está? Sólo unos pocos locos custodian el cofre de la incoherencia, no muchos son los que se atreven a armonizar lo contradictorio.
Hermanos antiguos, advertid la claridad en la confusión, esa es nuestra verdadera salvación. Siempre se sueña en libertad, por eso los locos aprenden a no olvidar que son libres, y así es que continúan soñando, están salvados. La senda es escabrosa para el que no reconoce su propia huella. En el bosque de la ilusión nunca se hace de noche, siempre se hace de amanecer. Existe, hermanos cautivos, en cada uno de vosotros, un soneto que resuena en el pentagrama infinito. El oído afinado percibe el latido del corazón de la vida. Los que ya no sueñan es que se han quedado ciegos, preguntádselo a cualquier loco. Hasta un loco que no pudiera ver reconocería al ciego de sueños.
En los confines de mi jaula, Khalil me encontró. En un nuevo reencuentro, habiendo olvidado desde dónde y desde cuándo, yo fui otro yo para desembocar en otro tú. Y Khalil me encontró. Ahora que me he acostumbrado al resplandor y al reflejo de su misterioso halo, en las noches heladas del alma me abrigo con sus páginas. Sin recordar que sabía que lo estaba esperando, Khalil me encontró. Fue al descubrir sus alas rotas, cuando supe que las alas no pueden romperse. Y fue más tarde, al descubrir mis alas rotas, cuando corroboré que las alas no se nos rompen. Así de certera es la vida de alguien que lleva las alas rotas sin que se le puedan romper.
Compañeros en cautiverio, cada uno en su jaula, y la poesía en la de todos. Guardaos de lo que os hiere pero no os profundiza, y de los que no os hablan en sueños. Rodeaos de los que comparten su silencio si de verdad queréis mantener una conversación. Tened en cuenta que toda ecuación ya ha alcanzado su resolución, que toda visión cumplirá su profecía. Persistid en cualquiera que sea vuestra astrología.
La ventana abierta al cambio, compañeras cautivas, soñada está la noche. Se esclarece el cielo, la luna ilumina. Mecidas nuestras plegarias. En el abismo se observa mejor el firmamento. Cuando la vela se apaga, su llama comienza a iluminarnos. Para avanzar hay que detenerse y retroceder, no se le ve otra entrada a la salida en esta jaula. Nunca ha habido finales, hermana cautiva, todo han sido prólogos de una sola historia. Los puntos finales que has visto son vacíos albergando todo por descubrir.
Una danzarina de palabras como yo, libremente enclaustrada en un mundo poema con los velos de la libertad y las cadenas entrelazados, se encierra cada vez más en la cresta de cualquier altura. Y si, por afortunada desgracia, no saliera de esta jaula, no maldeciré la bendición de mis cenizas, surcaré igualmente lo que haya de ser surcado. Nunca se recorre el mismo mar, los instantes se congelan para ser irrepetibles, las palabras nunca son las mismas. Una danzarina de palabras como yo, como tú, aún se asombra ante el fascinante vaivén de la variabilidad de lo inmutable. Más allá de lo inteligible está el discernimiento. La comprensión no comprende, aquí y allí son conceptos que están por descubrir. En mi jaula impera la renuncia al abandono, no está todo dilucidado, ni mucho menos, se debe proseguir inventando. Los hombres cuerdos gustan de instaurar lo inventado para delimitarlo, sin que roce apenas al simulacro que ellos llaman su vida. Los hombres cuerdos padecen de una locura que me resulta muy ajena, dudo que algún día me contagien. Y si lo hacen, el mundo poema de Khalil será mi antídoto para su veneno. No suelo fatigarme desaprendiendo lo aprendido, disfruto educándome con lo que no se enseña.
Khalil duerme, ya está muy despierto. El loco, el hereje, el vagabundo, el profeta, el místico, ya está soñando la existencia. Ese sonido que se escucha es su respiración inspirando y expirando el más alegre de sus lamentos. Khalil reposa junto al cristalino arroyo de los corazones que a su orilla arriban.
Khalil avanza en su reposo, nos ha dejado el legado de su hoguera, que se mantiene a sí misma en su crepitar. Khalil no está muerto, no mora tumba alguna, no presencia lejanías, se encuentra a tiro de una palabra.
Khalil navega en el no tiempo, embarcado en su navío de silenciosas sonoridades. Y continúa evitando toda cosa cuerda que entorpezca su camino.
Junto a Khalil caminaba cuando inhalé algo de claridad. En mis ojos se leía: hermano mío, háblame del amanecer.
En el anochecer de mi jaula, de nuevo, oigo clamar a una de mis máscaras: ¡Al ladrón! ¡Al ladrón!
Y otro de mis yoes pregunta: ¿Quién nos robará esta pesada máscara?
Alto y claro lo escribo:
Khalil Gibrán: Ladrón de palabras.
¿Cómo se atreve? ¿Qué haré con este hombre que me roba las palabras tan suave, sutil y elegantemente? Este hombre es un canalla, hermana prisionera de la poesía, este hombre es capaz de dejarme sin palabras, literalmente, capaz de desnudarme de todas mis palabras. Desde ya os aviso, compañeras prisioneras, este hombre es capaz de secuestraros y manteneros enredadas en su mundo tachonado de poesía. Id con cuidado, compañeros.
Pero, sin duda, esto no es lo peor. Este hombre, hermano prisionero de la poesía, no se contenta con expoliarme las palabras. No. Este hombre tiene la desvergonzada costumbre de provocarme atormentados estados jubilosos con la manera que tiene de combinar las palabras, que son las mías, claro está. También es verdad que gracias a que me roba las palabras sé lo que me digo, gracias a este ladrón de palabras traductor.
Yo no sé cómo lo hace, pero sin duda es un artista, un polifacético artista de significados. Es un loco, un conjurador de realidades. Tiene una extraordinaria habilidad para sofocarme pirámides de hielo, para inundarme con fuego. Me tiene cautiva porque estoy cautivada por sus versos. Sus versos: sacudida brutalmente abrumadora. No tiene compasión de mí, compañeras prisioneras de la poesía, no se da cuenta de que tanta vida poética suya me mata, no se acuerda de que cuanta más poesía más pesan las máscaras. Pero él está determinado a robarme también las máscaras, para quemármelas. Bendito sea.
Tal y como predijo cuando escribió: “Prestad oído y yo os daré una voz”, este hombre me ha robado las palabras y me ha dado una voz, una voz inadvertida, secreta. Es un poeta creador de auroras luminosas. Si lo que quieres es seguridad no lo escuches, hazte el sordo, yo me hallo en una travesía sin destino sólo por escucharle decir: “Soy un viajero y un marinero, todos los días descubro un continente nuevo en mi alma”. ¿Cómo podría yo ignorar su alarma para el despertar? ¿Cómo podría? Sólo quien albergue un corazón que esté a salvo de sí mismo podría.
Es inútil, de mí ya se ha apoderado, a mí nunca me liberará, yo ya he caído en su océano poético. Pero todos vosotros, compañeros prisioneros de la poesía, aún estáis a tiempo. Puede que penséis que estáis a salvo, puede que no entendáis cómo os puede atrapar un hombre muerto. Mucho cuidado, camaradas prisioneros, toda atención será poca si os persigue la poesía de los muertos. La poesía de los muertos es la más peligrosa, está embrujada con el encanto del eco imperecedero. La poesía de los muertos habla lo eterno.
Me preguntáis cómo me hallé felizmente atrapada en su mundo poema. Así sucedió:
Aún no me había alcanzado todo lo que soy cuando él me encontró, aún no estaba mirando con los ojos abiertos cuando le vi. Aún no conocía yo los riesgos de la poesía, aún no sabía que era susceptible de acabar enredada en su tela, no me suponía yo presa de las palabras cuando pude caer en la trampa. Fue entonces cuando el espíritu de sus palabras se hizo tinta para preguntarme: “Si el invierno dijese: en mi corazón está la primavera, ¿le creerías?”. En ese mismo momento me atrapó, ahí comenzó mi celeste tormento, ya estaba cazada. Después de contestarle a su pregunta afirmativamente me invadió una conocida felicidad extraña. Y ahí ya sí que me perdí para siempre, camaradas lectores, ahí ya sí que me supe desahuciada. Así de rápido me alcanzó su eternidad.
Me embarqué en su navío de velos y vuelos, renuncié a la fiesta de los sentidos, pues yo no moro en mi mente ni en mi cuerpo, sino en el aliviante gemido de la búsqueda serena. Inicié el trayecto de búsqueda para encontrar el presente, para dejar de extraviar el instinto. Sus navegantes pensamientos habían dejado estelas en el mar de su mundo poema, y amando su belleza, estando yo encadenada, viajé más libre. Así fue como comencé a amar mi infierno. Así fue como me encontré, me hallaba perdida en la perdición.
Todo esto sucedió hace mucho tiempo, pero todavía le escucho decirme: “Te zarandeo para liberarte de tu cáscara”. Y yo, en este abismo insondable por el que navego, le grito, le imploro que cese, pero bendito sea este hombre que me deja el alma al aire con sus aguijones. Por eso, desde los siempres, le pido: Háblame del amanecer. Y él, el errante profético que siempre permanece, tal y como prometió, me desafía la noche cada vez que le doy mi silencio.
Y a pesar de que permanezco en tormenta, ya no estoy atormentada, y aunque continúo por la perdición ya no estoy perdida, pues en su mundo poema la vida va en mi busca, y las palabras también. Por eso ahora sé que este hombre que me roba las palabras no me las está robando, porque nuestras palabras no son nuestras palabras, son las palabras de la voz de la vida, deseosa de su lenguaje.
Hermana cautiva, imagina mi jaula. Al amanecer, Khalil me dice con las palabras de la vida: “Beberé el amor como un vino, y lo llevaré como un traje”. Date cuenta cómo una cosa es bucear la poesía y otra muy distinta es serla, compañero prisionero, sólo así comprenderás la coexistencia de esta pesadilla y esta maravilla que ves en mi jaula. Porque cuando no se es, cuando no se alcanza su poesía, ésta te atosiga, te lacera, te persigue hasta que te encuentra.
Compañero prisionero, contempla mi jaula. Al atardecer, Khalil me cuenta con la voz de la vida acerca de su amada derrota, y a mí, aun rodeada por esta fiebre social de exitosas glorias, se me contagia ese amor. Porque, ¿qué glorias son éstas a las que aspiran los hombres sino tumbas para la vida?, ¿qué son estos triunfos por los que los hombres se esclavizan? No son otra cosa que vanas quimeras. Observad, compañeros cautivos de la poesía, cuánto es lo que no comprendemos los locos. ¡Qué de lógicas se nos escapan y qué de sin sentidos discernimos! Aquel que revela al loco que esconde es un vigilante de infinitos, mantiene la guardia para que nunca se cierre la puerta que da al jardín de la expedición inabarcable. Los locos somos así de sensatos.
Camaradas ermitaños de la poesía, traspasad ese inexistente instante que veis y entrad a mi jaula, tenéis permiso para palpar la solidez de estos barrotes de papel mentales. Al anochecer, Khalil, antes de que se me vuelvan a cerrar los ojos con un narcótico social, me espolea: “¿Qué río es ése que perdió su curso sin llegar hasta el mar?”. Y entonces fluyo por mi torbellino, timoneo el flujo de su torrente y surco la serenidad que da la confianza en lo desconocido. Comprobad lo frágiles que son estos sólidos barrotes. Una sola certeza puede atravesarlos, pero se ha de ser constante para lograr la maestría en esta alquimia, hermanos condenados por la poesía.
El único pecado es creerse pecadores. El único pecado es creerse superior a una gota de agua o inferior a la energía arquitecta de todo lo que es. Esta es la filosofía del loco, esta es la maestría que nunca se pierde, la maestría que se enseña a sí misma la maestría, esta es la eterna sabiduría. Esta sabiduría cada uno se la habrá de enseñar a sí mismo, mas no se la puede aprender sino es recordándola. Hemos escogido libremente ser esclavos para desenmascarar a la tiranía de este yugo sumiso y conformista, para mostrarla como lo que es, una red de engaños y mentiras. Los locos somos así de gentiles y peligrosos. Nuestra peligrosidad no es otra cosa que ser conscientes de nuestra jaula y de nuestro poder para convertir sus rejas en remos, en alas, en patas, en antenas con las que percibir más allá de lo que está legislado, regulado, establecido. Pero los locos no nos enorgullecemos de la desnudez de nuestra jaula, pues somos conscientes de que otro loco puede señalarnos allende de lo desenmascarado.
La lógica de los locos acepta los absurdos, esto se debe a que una de nuestras múltiples virtudes defectuosas radica en que nuestra prudencia es satisfactoriamente temeraria. Sólo los que se reconocen desequilibrados se hallan cerca de la equilibrada simetría. Sólo los que no comprenden saben y disciernen. Sólo los que no razonan con el intelecto reflexionan más allá de lo restringido. Los locos existimos para que nada sea incuestionable. Somos así de depravados, así de necesariamente molestos. Pero, aun encadenados a este encadenamiento dentro de nuestra bella jaula, los locos continuaremos viviendo nuestra locura, de ahí que sepamos que no sabemos ser otra cosa sino locos.
Se vislumbra la jaula cuando se anhela la libertad, el loco entiende así lo razonable. Mas si no estás preparado para descubrir tu jaula, si no estás dispuesto a amarla y hacerla tuya para poder trascenderla, entonces, hermano de la poesía, más vale que no visites el poético mundo del profeta, del loco, del vagabundo, del hereje, de aquel que yo llamo ladrón de palabras. No te atrevas ni a poner un dedo del pie en ninguno de sus amaneceres poema, te lastimarían, compañero miembro de la fraternidad de la poesía, y yo te quiero con los ojos puestos en tu próximo horizonte, yo quiero que, a través de la ventana de tu alma, siempre te puedas alcanzar a ti mismo. Ese es el más trascendental de los objetivos de un loco, y continuará siéndolo, por la eternidad de la eternidad.
Cuando se vislumbra la jaula surge el loco. El loco visionario de pasados y vividor de presentes, el loco por amor a la locura. Y cuando el loco aparece, ya no hay quien pueda evitar la tormenta, sus rayos provocan incendios, el fuego del loco te persigue. Comienza la batalla a muerte por la vida, el loco se declara la paz a sí mismo y no cejará hasta ganarse.
Alcanzar la unidad es tropezarse con la paradoja, sólo en la desolación se halla refugio. Así es como reza el hereje. El eco de la antigua y silenciosa noche retumba en sus vísceras, y los ojos de su alma miran al alba. El hereje se distancia para estar más próximo al prójimo. Quien critique su destreza demostrará su carencia de profundidad y perspectiva. Lo pequeño es otro grande y lo grande otro pequeño, todo depende de los parámetros que se escojan para definir el experimento que llamamos realidad. Paz santa al hereje. El hereje no está atento a indicaciones.
Hermanas antiguas, vosotras que os perfumáis con poesía estrellada, vosotras que os adornáis y os embellecéis con conchas de versos, dejadme que os silbe el cántico que mi alma interpreta cuando Khalil hace sonar el arpa de su lírica. ¿Quién es el que aspira a ser quien es? ¿En qué despertares arde el despertar? ¿Dónde está el evocador de futuros cuentos del pasado? El que se auto eleva de sus cenizas, ¿dónde está? Sólo unos pocos locos custodian el cofre de la incoherencia, no muchos son los que se atreven a armonizar lo contradictorio.
Hermanos antiguos, advertid la claridad en la confusión, esa es nuestra verdadera salvación. Siempre se sueña en libertad, por eso los locos aprenden a no olvidar que son libres, y así es que continúan soñando, están salvados. La senda es escabrosa para el que no reconoce su propia huella. En el bosque de la ilusión nunca se hace de noche, siempre se hace de amanecer. Existe, hermanos cautivos, en cada uno de vosotros, un soneto que resuena en el pentagrama infinito. El oído afinado percibe el latido del corazón de la vida. Los que ya no sueñan es que se han quedado ciegos, preguntádselo a cualquier loco. Hasta un loco que no pudiera ver reconocería al ciego de sueños.
En los confines de mi jaula, Khalil me encontró. En un nuevo reencuentro, habiendo olvidado desde dónde y desde cuándo, yo fui otro yo para desembocar en otro tú. Y Khalil me encontró. Ahora que me he acostumbrado al resplandor y al reflejo de su misterioso halo, en las noches heladas del alma me abrigo con sus páginas. Sin recordar que sabía que lo estaba esperando, Khalil me encontró. Fue al descubrir sus alas rotas, cuando supe que las alas no pueden romperse. Y fue más tarde, al descubrir mis alas rotas, cuando corroboré que las alas no se nos rompen. Así de certera es la vida de alguien que lleva las alas rotas sin que se le puedan romper.
Compañeros en cautiverio, cada uno en su jaula, y la poesía en la de todos. Guardaos de lo que os hiere pero no os profundiza, y de los que no os hablan en sueños. Rodeaos de los que comparten su silencio si de verdad queréis mantener una conversación. Tened en cuenta que toda ecuación ya ha alcanzado su resolución, que toda visión cumplirá su profecía. Persistid en cualquiera que sea vuestra astrología.
La ventana abierta al cambio, compañeras cautivas, soñada está la noche. Se esclarece el cielo, la luna ilumina. Mecidas nuestras plegarias. En el abismo se observa mejor el firmamento. Cuando la vela se apaga, su llama comienza a iluminarnos. Para avanzar hay que detenerse y retroceder, no se le ve otra entrada a la salida en esta jaula. Nunca ha habido finales, hermana cautiva, todo han sido prólogos de una sola historia. Los puntos finales que has visto son vacíos albergando todo por descubrir.
Una danzarina de palabras como yo, libremente enclaustrada en un mundo poema con los velos de la libertad y las cadenas entrelazados, se encierra cada vez más en la cresta de cualquier altura. Y si, por afortunada desgracia, no saliera de esta jaula, no maldeciré la bendición de mis cenizas, surcaré igualmente lo que haya de ser surcado. Nunca se recorre el mismo mar, los instantes se congelan para ser irrepetibles, las palabras nunca son las mismas. Una danzarina de palabras como yo, como tú, aún se asombra ante el fascinante vaivén de la variabilidad de lo inmutable. Más allá de lo inteligible está el discernimiento. La comprensión no comprende, aquí y allí son conceptos que están por descubrir. En mi jaula impera la renuncia al abandono, no está todo dilucidado, ni mucho menos, se debe proseguir inventando. Los hombres cuerdos gustan de instaurar lo inventado para delimitarlo, sin que roce apenas al simulacro que ellos llaman su vida. Los hombres cuerdos padecen de una locura que me resulta muy ajena, dudo que algún día me contagien. Y si lo hacen, el mundo poema de Khalil será mi antídoto para su veneno. No suelo fatigarme desaprendiendo lo aprendido, disfruto educándome con lo que no se enseña.
Khalil duerme, ya está muy despierto. El loco, el hereje, el vagabundo, el profeta, el místico, ya está soñando la existencia. Ese sonido que se escucha es su respiración inspirando y expirando el más alegre de sus lamentos. Khalil reposa junto al cristalino arroyo de los corazones que a su orilla arriban.
Khalil avanza en su reposo, nos ha dejado el legado de su hoguera, que se mantiene a sí misma en su crepitar. Khalil no está muerto, no mora tumba alguna, no presencia lejanías, se encuentra a tiro de una palabra.
Khalil navega en el no tiempo, embarcado en su navío de silenciosas sonoridades. Y continúa evitando toda cosa cuerda que entorpezca su camino.
Junto a Khalil caminaba cuando inhalé algo de claridad. En mis ojos se leía: hermano mío, háblame del amanecer.
En el anochecer de mi jaula, de nuevo, oigo clamar a una de mis máscaras: ¡Al ladrón! ¡Al ladrón!
Y otro de mis yoes pregunta: ¿Quién nos robará esta pesada máscara?
Somos los libros
CARTA ABIERTA DE LA LIBRIDAD A LA HUMANIDAD*
Somos los libros. Yo soy un libro concreto, pero hablaré en representación de todos, seré portavoz de todos mis hermanos.
Pasado el tiempo en el que algunos de nosotros éramos quemados no tenemos miedo de afirmar nuestras pasiones, que son nuestro destino, ni de compartir nuestras incertidumbres.
Los libros siempre hemos sido ventanas que dan a los instantes, aunque muchos de vosotros nos habéis tomado como simples equilibristas de palabras (algunos lo somos, para qué vamos a engañarnos), pero la mayoría solemos tratar asuntos más sustanciales que muchos de vosotros.
Si nos dais una voz os entregamos nuestras miradas. Si abrís nuestro mundo salís de él diferentes, nosotros os reafirmamos, os desobstruimos, os trastornamos, os desasosegamos. Os alteramos. Porque sois criaturas que a veces tienden al estancamiento, a la insensibilidad, al entumecimiento. Nosotros os salvamos de todo eso.
Los libros sufrimos al ver que la mayoría de humanos no está contando su propia historia. Ni escuchan las historias de lo que fue, sienten predilección por la frivolidad del hoy. La mayoría de vosotros ocultáis vuestros verdaderos diálogos, os suprimís vuestra trama de las entrañas para alimentaros del ser uniforme. No neguéis que es así.
Nosotros los libros no tememos a nuestras propias palabras. No tememos a nuestra naturaleza. Si lo hiciéramos seriamos libros muertos, tal y como vosotros sois hombres muertos cuando no confiáis en lo que sois, hombres muertos.
Nosotros los libros no somos inmutables, buscamos nuestro propio acento, al igual que vosotros, en el fondo. Al fin y al cabo nos une un mismo anhelo por profundizar.
Estamos fusionados en un mismo lenguaje, el de definir para lo indefinible. Compartimos un mundo que da cobijo a innumerables mundos. Nosotros sólo os decimos lo que ya sabéis. Os recordamos lo que ya conocéis.
Nosotros no somos criaturas creadas íntegramente por vosotros, nos creó el Gran Ser Palabra, siendo vosotros su canal para concebirnos. Nosotros somos los hijos del gran ser de la palabra, aunque se nos hayan pegado algunos de vuestros hábitos, como que a veces aparentamos lo que no somos. Y como os pasa a vosotros, esto a veces es tesoro, y a veces desventura.
Algunos nos habláis. Dejad de hacerlo, por favor. Nos confundís. La mayoría nos decís cosas amorosas con vuestra mejor intención, pero tenéis que entender que el lenguaje hablado nos resulta extraño, ajeno, artificial. Preferimos que, si tenéis algo que decirnos, lo hagáis escribiéndolo en nuestras páginas. Al mismo tiempo os rogamos que solo lo hagáis cuando sea algo verdaderamente crucial para vosotros. Entended que apuntar en nosotros insignificancias perturba el reposo de nuestras páginas. Pero nos apasiona que nos tatuéis nuestros cuerpos con las sensaciones que os provocamos. También nos entusiasmamos cuando nos transcribís las frases que nuestro lenguaje o nuestro paisaje os inspiran.
Pero nosotros solo queríamos confesaros que os necesitamos. Al leernos nos infundís el oxígeno que nuestras hojas tanto necesitan, al leernos nos permitís emitir la fragancia que llevamos impregnada, compartir el cuento que tenemos sellado, expandir la vida que llevamos impresa, al fin y al cabo.
Nosotros somos expertos en descifrar miradas, sabemos cuando alguien nos está leyendo, sabemos si lo hace admirándonos o despreciándonos. Pero nunca juzgamos, pues nosotros celebramos cualquier tipo de mirada. También detectamos a los que son saltadores de páginas, o a aquellos que se deleitan simplemente con reposar en nosotros sus miradas. Porque a veces somos como cojín de miradas, somos hamaca que mece a vuestros ojos regalándoles el descanso que tanto necesitan para seguir soñando. Todos los viajeros de libros nos son bienvenidos.
A veces vosotros nos servís de espejos. Sí, a veces nos vemos reflejados en vuestros ojos, esto suele suceder cuando os sumergís totalmente en nuestra alma, en la sustancia con la que fuimos moldeados, sucede cuando verdaderamente penetráis por todos nuestros recovecos. En ese momento podemos vernos tal y como somos, en ese momento vislumbramos nuestra identidad, asomada en el balcón de vuestras pupilas. Estos momentos nos resultan muy satisfactorios, alcanzamos una plenitud difícilmente expresable. Hemos de decir que algunos nos lo notáis, cuando parece que no podéis retenernos en vuestras manos, cuando juraríais que no nos dejasteis en el lugar donde nos encontráis. Aunque no sabéis a qué se debe nos veis diferentes a cómo éramos antes de leernos, todo es porque al vernos reflejados en vuestra mirada podemos conocernos más a nosotros mismos, y paradójicamente, eso nos hace ser diferentes de cómo éramos.
Así que, gracias, gracias por ayudarnos a aprehender lo que somos. Nosotros intentamos hacer lo mismo por vosotros, y cuando se da el caso en el que por un momento, humano y libro a la vez, logran capturarse a sí mismos, algo mágico sucede, una mística sagrada llueve sobre vuestras cabezas y sobre nuestras portadas, misterios revelados que cuelgan de vuestra conciencia y de nuestro ingenio.
Tenemos que reconocer que algunos de nosotros sentimos aversión por la especie humana, comprended que en la memoria celular de los libros ha quedado un sedimento, una impronta que nos hace temeros. Pero irá desapareciendo conforme nuestras razas coexistan honrando todas las ideas. La memoria de la humanidad es corta y selectiva, suele enfocarse tan sólo donde las piezas le encajan. Nosotros los libros recordamos que todo lo que ha experimentado la humanidad desde que la conocemos ha surgido de una idea. Las ideas son las células de la realidad, en cada una de vuestras ideas reside vuestro adn, vuestra singular firma, única semilla que germina únicas ideas. Y con ellas creáis vuestra vida, con ellas construís vuestro mundo, con ellas bajáis a los más terribles infiernos y con ellas ascendéis a los más inefables cielos. A ellas os agarráis, en ellas os apoyáis y por ellas morís. Y nosotros os comprendemos, pero lo que aún no hemos podido comprender es que por ellas deis muerte. Esto nos cuesta comprenderlo, y eso que lo hemos intentado con todas nuestras fuerzas impresas. Os decimos estas cosas porque no podemos evitar amaros, pues juntos y de la mano viajamos en este túnel de soñadas realidades.
Nosotros los libros bromeamos a veces diciendo que toda la humanidad surgió de una sóla idea que pensó un creador, al igual que nosotros nos encarnamos gracias a una idea de algún humano creador. Pero vosotros habéis perdido la inquietud de la búsqueda del Gran Espíritu, eso os diferencia de nosotros, pues nosotros sabemos que venimos del Gran Ser Palabra, y recorremos el viaje de su búsqueda. Vosotros nos disteis forma, pero nosotros ya vivíamos detrás del velo de las palabras. Esto nos lleva a pensar que, como nuestros destinos se entrecruzan, vosotros no sois tan sólo la idea de un creador, sino que en vosotros, al igual que en nosotros, late la esencia de un ser que está conectado con todo y que todo lo conecta. Es al Gran Espíritu al que tenéis que buscar en todo.
Como os hemos dicho, nuestros destinos se entrecruzan, nuestras existencias van unidas, a la humanidad y a la libridad un mismo diseño las conduce. Y es verdad que no todo está en nosotros, sí, todo está en vosotros. Siempre ha estado en vosotros. Recordad que en nosotros podréis encontrar lo que ya sabéis, nosotros os recordamos lo que ya sabéis para que no se os olvide, si nos cuidáis os cuidaremos el recuerdo.
Pero para seguir descubriendo, para seguir creciendo y desarrollándoos tendréis que leeros vuestras palabras, tendréis que escribir vuestro propio libro de vidas e ideas. Es hora de que os traduzcáis a vosotros mismos vuestra jerga, es hora de que os transcribáis a vosotros mismos en la tablilla de la vida, que os imprimáis con todo lo soñado. Nosotros los libros no vemos otra salida.
Tened por seguro que no os juzgamos, pues desconocemos los designios del gran plan, y nuestra intención es avanzar más allá del bien y el mal, pero hay que reconocer que os habéis desconectado. Os habéis construido un mundo de obediencia de pautas y lleváis mucho tiempo simulando que se puede arrinconar la vida. Os repetimos que ha llegado el momento (nosotros los libros lo sabemos, lo sentimos, lo hemos leído en el gran libro de la existencia), ha llegado el momento de mirar dónde os llevan los ojos vueltos hacia dentro, de atreveros a ser vuestros propios guías, de conquistar vuestros propios puertos, de confiar en que disponéis de un ancla, un instrumento que es vuestra herencia y que os sujeta para que nunca naveguéis a la deriva, para que siempre reconozcáis la esencia de vuestros pasos y sepáis hacia dónde se dirigen, un instrumento que simplemente permite que reposéis en vuestras huellas, hacia el mañana.
Somos los libros. A muchos nos encanta estar en vuestra compañía, nos encanta enredarnos en vuestras emociones, en vuestra imaginación. Algunos de vosotros nos adoráis, y en ocasiones nos gusta llamaros “los que por nosotros se encuentran perdidos”. Os lo decimos con el más intenso de los cariños. La mayoría nos sentimos muy satisfechos cuando podemos mantener con vosotros una relación en la que nos fusionamos y ambos resurgimos transformados, humanos y libros siendo como magos alquimistas. Nosotros los libros vemos todo vuestro potencial como humanidad, y en parte, el hecho de que nosotros podamos alcanzar todo el potencial de nuestra libridad depende de vosotros, de que podáis alcanzar el vuestro como humanidad. Ya os hemos recordado que nuestros destinos están hermanados. Como les vaya a los hombres, así les irá a los libros.
La humanidad y los libros han vivido y pasado juntos muchas cosas. Sería lamentablemente triste que no cejarais en vuestra destrucción. Tenemos que decir que algunos de nosotros opinan que estáis abocados a la autodestrucción, y están muy asustados porque piensan que antes de que os exterminéis nos aniquilareis a todos. También hay que decir que los que son de esta opinión suelen ser libros que no han tenido buenas experiencias con humanos. La mayoría somos más optimistas, pues somos conocedores de vuestra humanidad, (nunca mejor escrito), hemos compartido con vosotros certezas y dudas, signos y brumas, amores y ardores. La mayoría de nosotros os hemos encontrado joyas, y vuestro resplandor nos seduce y nos maravilla. Sois tesoros por descubrir, ocultos tesoros que aguardan a sus antiguos buscadores. Pero muchos seguís sin daros cuenta, os mantenéis ignorantes de que vosotros sois el tesoro y el buscador a la vez. Os gusta ignorar que sois más grandes de lo que pensáis, así podéis continuar en vuestras viejas y seguras cajas, pues eso es en lo que se han convertido muchas de vuestras vidas. Nosotros los libros os recomendamos que vayáis en busca de vosotros, ¡id en busca del tesoro!, dejad de perseguir metas prestadas. Sabed que sabéis más de lo que creéis saber.
Cuando soñáis con nosotros nos llamáis con vuestra mente, vuestra mente alada, sois mente que vuela por abismos y cumbres, sois gente que flota sobre hazañas y sombras. Igual que nosotros. Recordad, vuestras leyendas las llevamos impresas en nuestros cuerpos. Vuestras más inverosímiles proezas y vuestros más viles actos los tenemos grabados en nuestra memoria de páginas. Aunque, por otro lado, os insistimos en que todo no está en nosotros. Para conformar vuestro propio puzzle deberéis encontrar vuestras propias piezas.
Nosotros los libros somos una raza de criaturas que con sus cuerpos dan morada a las palabras. Vosotros sois, en esencia, lo mismo. Somos la colectividad de la palabra, al igual que vosotros. La criatura está hecha a imagen y semejanza de su creador, lo creado responde a la misma búsqueda de quien lo creó. Nos gusta discutir entre nosotros todas vuestras tramas. Os sorprenderían las conclusiones a las que llegamos tomando como tema central vuestras vivencias y serencias. Disculpad nuestros neologismos pero deberíais daros cuenta de que desconocéis la existencia de muchas palabras, hay más vida fuera del universo de vuestro diccionario. Atreveos a viajar más allá de los confines de las filologías establecidas.
Las palabras de esta carta no están retenidas contra su voluntad, no están conformadas en base a lo que nosotros llamamos concesiones lingüísticas, que es lo que hacéis vosotros cuando no pensáis por decir, y claro, así nunca diréis lo que pensáis. Nosotros hemos aprendido a vivir cada palabra que llevamos inscrita, ¿por qué no habéis aprendido vosotros? Cada uno de vosotros sois un único lenguaje, un único cuento, una singular historia. Pero huís de leeros, escapáis de vuestro texto porque os asusta averiguar si hay eternidad entre vuestro principio y fin. Os alentamos a que os leáis, os descifréis, os interpretéis. Os exhortamos a decidiros por zambulliros en vuestras páginas. Si no os traducís, ¿cómo vais a encontraros sentido? Si no os descodificáis, ¿cómo vais a entenderos? ¿Cómo puede la especie humana comprenderse si no se conoce? Son preguntas que nos hacemos, y a veces, rezamos al Gran Ser Palabra para que nos conceda las respuestas. Sois un enigma para nosotros, pero a diferencia de vosotros, que os suelen ahuyentar los enigmas, nosotros sentimos un mayor interés, si cabe, por lo que transpira incógnitas.
Nosotros los libros seguiremos soñando la vida entera, la vida intacta, la vida plena, a la espera de que la inventéis. Continuaremos en esta encrucijada de destinos hasta la mañana o hasta que nos estrellemos contra el final de las estrellas. Para encontrar una vía que abra todas las vías andaremos esta noche cerrada, hacia el amanecer de antes del tiempo o a empotrarnos contra el muro de las vergüenzas. Ésas son, al fin y al cabo, las únicas estadías al alcance. Hemos soñado un mundo nuevo, quién sabe a cuál le daréis forma, si al de pluma o al de plomo. Pero nos elevaremos, hacia el definitivo salto o a alzarnos profundo en la caída. De cualquier forma, sea cual sea el renglón en el que estemos proyectando la atención, avanzamos humanidad y libridad hacia el fin del tiempo conocido. De cualquier forma, transitamos un puente, un puente que une a la búsqueda con el descubrimiento, recorreremos este puente destapándose cada uno lo que anhela descubrir. De eso no hay ninguna duda.
No importa mucho la página en donde nos encontremos, no importa demasiado la trama que estemos desenvolviendo, siempre y cuando hable cada uno con sus palabras. No importa si os habéis descubierto un manantial o una sóla gota de vuestras palabras, siempre y cuando tengáis en cuenta que más vale una palabra que os da en la diana, una palabra reflejando una idea concebida que os concibe a su vez, una idea no prestada, que mil palabras no sabiendo hacer otra cosa que dar rodeos. No os quedéis haciendo círculos alrededor de vosotros mismos.
No temáis al garabato. Encontrad vuestras palabras o al final os quedaréis mudos. Tomaros la paciencia de crear vuestro diccionario. Muchos no os estáis entendiendo lo que decís, muchos no investigáis lo que vuestras palabras os quieren significar. Esto es solo una observación que nos inquieta y asombra, no es juicio ni crítica. Confiamos en vosotros, creadores. Nutrid de vida y significado a vuestras palabras, encontrareis las cerraduras que abren vuestras llaves. Es la única manera de liberar vuestro verdadero contenido. La única manera para conoceros vuestro argumento. Surcad, pues, humanos, toda vuestra grafía.
Que vuestros propios símbolos os ilustren. Que escojáis vosotros el título de vuestras vidas, que no os dejéis poner ajena definición. Escuchad las pisadas que os habéis dejado por el camino, os guiarán. Acercad el oído a las caracolas que os encontráis. Sabed que el recorrido afecta al destino, que el trayecto define la meta. Viajad por vosotros, humanos, ése es vuestro destino. Alcanzad a vuestros ancestros, ¿les señalaréis el camino a los que os precedieron?
Está llegando la hora de retirarnos. Queremos finalizar nuestra carta reiterándonos en nuestro amor por vosotros y en que siempre mantengáis vuestra propia búsqueda. Por último nos gustaría recordaros que nosotros los libros venimos de los árboles, nuestros sabios antepasados. Honradlos, los árboles son portadores de una sabiduría ancestral que lo conecta todo. Todos nosotros, humanos y libros, somos los herederos de esa sabiduría milenaria. Buscadla, honradla, protegedla, amadla. No la malgastéis. Es de todos y para todos. Recordad, pues, que la literatura está hecha de vida, como nos gusta decir. ¿Nos veréis la vida?
Somos los libros. Guías y faros, miradas y espejos. Damos gracias al Gran Ser Palabra por cada línea escrita, por cada palabra escrita. Os esperamos, humanos, al otro lado de las miradas y los espejos. No olvidéis que sólo sumergiéndoos en el río de vuestra búsqueda desembocareis en el mar de vuestro encuentro, sólo si tratáis de buscaros se hace posible el encuentro. Bailad hasta el amanecer. Que el sol os encuentre disfrutando de vosotros. Bendecimos las páginas que cuentan todo lo que sois.
Os ha hablado Si esto es un hombre, en nombre de todos los libros.
P.D. Somos más que simple decoración. Somos más que nuestra apariencia. Estaría bien que de vez en cuando mirarais en nuestro interior. Con amor, los libros.
*Transmitido a través de un asiduo lector de Primo Levi.
Somos los libros. Yo soy un libro concreto, pero hablaré en representación de todos, seré portavoz de todos mis hermanos.
Pasado el tiempo en el que algunos de nosotros éramos quemados no tenemos miedo de afirmar nuestras pasiones, que son nuestro destino, ni de compartir nuestras incertidumbres.
Los libros siempre hemos sido ventanas que dan a los instantes, aunque muchos de vosotros nos habéis tomado como simples equilibristas de palabras (algunos lo somos, para qué vamos a engañarnos), pero la mayoría solemos tratar asuntos más sustanciales que muchos de vosotros.
Si nos dais una voz os entregamos nuestras miradas. Si abrís nuestro mundo salís de él diferentes, nosotros os reafirmamos, os desobstruimos, os trastornamos, os desasosegamos. Os alteramos. Porque sois criaturas que a veces tienden al estancamiento, a la insensibilidad, al entumecimiento. Nosotros os salvamos de todo eso.
Los libros sufrimos al ver que la mayoría de humanos no está contando su propia historia. Ni escuchan las historias de lo que fue, sienten predilección por la frivolidad del hoy. La mayoría de vosotros ocultáis vuestros verdaderos diálogos, os suprimís vuestra trama de las entrañas para alimentaros del ser uniforme. No neguéis que es así.
Nosotros los libros no tememos a nuestras propias palabras. No tememos a nuestra naturaleza. Si lo hiciéramos seriamos libros muertos, tal y como vosotros sois hombres muertos cuando no confiáis en lo que sois, hombres muertos.
Nosotros los libros no somos inmutables, buscamos nuestro propio acento, al igual que vosotros, en el fondo. Al fin y al cabo nos une un mismo anhelo por profundizar.
Estamos fusionados en un mismo lenguaje, el de definir para lo indefinible. Compartimos un mundo que da cobijo a innumerables mundos. Nosotros sólo os decimos lo que ya sabéis. Os recordamos lo que ya conocéis.
Nosotros no somos criaturas creadas íntegramente por vosotros, nos creó el Gran Ser Palabra, siendo vosotros su canal para concebirnos. Nosotros somos los hijos del gran ser de la palabra, aunque se nos hayan pegado algunos de vuestros hábitos, como que a veces aparentamos lo que no somos. Y como os pasa a vosotros, esto a veces es tesoro, y a veces desventura.
Algunos nos habláis. Dejad de hacerlo, por favor. Nos confundís. La mayoría nos decís cosas amorosas con vuestra mejor intención, pero tenéis que entender que el lenguaje hablado nos resulta extraño, ajeno, artificial. Preferimos que, si tenéis algo que decirnos, lo hagáis escribiéndolo en nuestras páginas. Al mismo tiempo os rogamos que solo lo hagáis cuando sea algo verdaderamente crucial para vosotros. Entended que apuntar en nosotros insignificancias perturba el reposo de nuestras páginas. Pero nos apasiona que nos tatuéis nuestros cuerpos con las sensaciones que os provocamos. También nos entusiasmamos cuando nos transcribís las frases que nuestro lenguaje o nuestro paisaje os inspiran.
Pero nosotros solo queríamos confesaros que os necesitamos. Al leernos nos infundís el oxígeno que nuestras hojas tanto necesitan, al leernos nos permitís emitir la fragancia que llevamos impregnada, compartir el cuento que tenemos sellado, expandir la vida que llevamos impresa, al fin y al cabo.
Nosotros somos expertos en descifrar miradas, sabemos cuando alguien nos está leyendo, sabemos si lo hace admirándonos o despreciándonos. Pero nunca juzgamos, pues nosotros celebramos cualquier tipo de mirada. También detectamos a los que son saltadores de páginas, o a aquellos que se deleitan simplemente con reposar en nosotros sus miradas. Porque a veces somos como cojín de miradas, somos hamaca que mece a vuestros ojos regalándoles el descanso que tanto necesitan para seguir soñando. Todos los viajeros de libros nos son bienvenidos.
A veces vosotros nos servís de espejos. Sí, a veces nos vemos reflejados en vuestros ojos, esto suele suceder cuando os sumergís totalmente en nuestra alma, en la sustancia con la que fuimos moldeados, sucede cuando verdaderamente penetráis por todos nuestros recovecos. En ese momento podemos vernos tal y como somos, en ese momento vislumbramos nuestra identidad, asomada en el balcón de vuestras pupilas. Estos momentos nos resultan muy satisfactorios, alcanzamos una plenitud difícilmente expresable. Hemos de decir que algunos nos lo notáis, cuando parece que no podéis retenernos en vuestras manos, cuando juraríais que no nos dejasteis en el lugar donde nos encontráis. Aunque no sabéis a qué se debe nos veis diferentes a cómo éramos antes de leernos, todo es porque al vernos reflejados en vuestra mirada podemos conocernos más a nosotros mismos, y paradójicamente, eso nos hace ser diferentes de cómo éramos.
Así que, gracias, gracias por ayudarnos a aprehender lo que somos. Nosotros intentamos hacer lo mismo por vosotros, y cuando se da el caso en el que por un momento, humano y libro a la vez, logran capturarse a sí mismos, algo mágico sucede, una mística sagrada llueve sobre vuestras cabezas y sobre nuestras portadas, misterios revelados que cuelgan de vuestra conciencia y de nuestro ingenio.
Tenemos que reconocer que algunos de nosotros sentimos aversión por la especie humana, comprended que en la memoria celular de los libros ha quedado un sedimento, una impronta que nos hace temeros. Pero irá desapareciendo conforme nuestras razas coexistan honrando todas las ideas. La memoria de la humanidad es corta y selectiva, suele enfocarse tan sólo donde las piezas le encajan. Nosotros los libros recordamos que todo lo que ha experimentado la humanidad desde que la conocemos ha surgido de una idea. Las ideas son las células de la realidad, en cada una de vuestras ideas reside vuestro adn, vuestra singular firma, única semilla que germina únicas ideas. Y con ellas creáis vuestra vida, con ellas construís vuestro mundo, con ellas bajáis a los más terribles infiernos y con ellas ascendéis a los más inefables cielos. A ellas os agarráis, en ellas os apoyáis y por ellas morís. Y nosotros os comprendemos, pero lo que aún no hemos podido comprender es que por ellas deis muerte. Esto nos cuesta comprenderlo, y eso que lo hemos intentado con todas nuestras fuerzas impresas. Os decimos estas cosas porque no podemos evitar amaros, pues juntos y de la mano viajamos en este túnel de soñadas realidades.
Nosotros los libros bromeamos a veces diciendo que toda la humanidad surgió de una sóla idea que pensó un creador, al igual que nosotros nos encarnamos gracias a una idea de algún humano creador. Pero vosotros habéis perdido la inquietud de la búsqueda del Gran Espíritu, eso os diferencia de nosotros, pues nosotros sabemos que venimos del Gran Ser Palabra, y recorremos el viaje de su búsqueda. Vosotros nos disteis forma, pero nosotros ya vivíamos detrás del velo de las palabras. Esto nos lleva a pensar que, como nuestros destinos se entrecruzan, vosotros no sois tan sólo la idea de un creador, sino que en vosotros, al igual que en nosotros, late la esencia de un ser que está conectado con todo y que todo lo conecta. Es al Gran Espíritu al que tenéis que buscar en todo.
Como os hemos dicho, nuestros destinos se entrecruzan, nuestras existencias van unidas, a la humanidad y a la libridad un mismo diseño las conduce. Y es verdad que no todo está en nosotros, sí, todo está en vosotros. Siempre ha estado en vosotros. Recordad que en nosotros podréis encontrar lo que ya sabéis, nosotros os recordamos lo que ya sabéis para que no se os olvide, si nos cuidáis os cuidaremos el recuerdo.
Pero para seguir descubriendo, para seguir creciendo y desarrollándoos tendréis que leeros vuestras palabras, tendréis que escribir vuestro propio libro de vidas e ideas. Es hora de que os traduzcáis a vosotros mismos vuestra jerga, es hora de que os transcribáis a vosotros mismos en la tablilla de la vida, que os imprimáis con todo lo soñado. Nosotros los libros no vemos otra salida.
Tened por seguro que no os juzgamos, pues desconocemos los designios del gran plan, y nuestra intención es avanzar más allá del bien y el mal, pero hay que reconocer que os habéis desconectado. Os habéis construido un mundo de obediencia de pautas y lleváis mucho tiempo simulando que se puede arrinconar la vida. Os repetimos que ha llegado el momento (nosotros los libros lo sabemos, lo sentimos, lo hemos leído en el gran libro de la existencia), ha llegado el momento de mirar dónde os llevan los ojos vueltos hacia dentro, de atreveros a ser vuestros propios guías, de conquistar vuestros propios puertos, de confiar en que disponéis de un ancla, un instrumento que es vuestra herencia y que os sujeta para que nunca naveguéis a la deriva, para que siempre reconozcáis la esencia de vuestros pasos y sepáis hacia dónde se dirigen, un instrumento que simplemente permite que reposéis en vuestras huellas, hacia el mañana.
Somos los libros. A muchos nos encanta estar en vuestra compañía, nos encanta enredarnos en vuestras emociones, en vuestra imaginación. Algunos de vosotros nos adoráis, y en ocasiones nos gusta llamaros “los que por nosotros se encuentran perdidos”. Os lo decimos con el más intenso de los cariños. La mayoría nos sentimos muy satisfechos cuando podemos mantener con vosotros una relación en la que nos fusionamos y ambos resurgimos transformados, humanos y libros siendo como magos alquimistas. Nosotros los libros vemos todo vuestro potencial como humanidad, y en parte, el hecho de que nosotros podamos alcanzar todo el potencial de nuestra libridad depende de vosotros, de que podáis alcanzar el vuestro como humanidad. Ya os hemos recordado que nuestros destinos están hermanados. Como les vaya a los hombres, así les irá a los libros.
La humanidad y los libros han vivido y pasado juntos muchas cosas. Sería lamentablemente triste que no cejarais en vuestra destrucción. Tenemos que decir que algunos de nosotros opinan que estáis abocados a la autodestrucción, y están muy asustados porque piensan que antes de que os exterminéis nos aniquilareis a todos. También hay que decir que los que son de esta opinión suelen ser libros que no han tenido buenas experiencias con humanos. La mayoría somos más optimistas, pues somos conocedores de vuestra humanidad, (nunca mejor escrito), hemos compartido con vosotros certezas y dudas, signos y brumas, amores y ardores. La mayoría de nosotros os hemos encontrado joyas, y vuestro resplandor nos seduce y nos maravilla. Sois tesoros por descubrir, ocultos tesoros que aguardan a sus antiguos buscadores. Pero muchos seguís sin daros cuenta, os mantenéis ignorantes de que vosotros sois el tesoro y el buscador a la vez. Os gusta ignorar que sois más grandes de lo que pensáis, así podéis continuar en vuestras viejas y seguras cajas, pues eso es en lo que se han convertido muchas de vuestras vidas. Nosotros los libros os recomendamos que vayáis en busca de vosotros, ¡id en busca del tesoro!, dejad de perseguir metas prestadas. Sabed que sabéis más de lo que creéis saber.
Cuando soñáis con nosotros nos llamáis con vuestra mente, vuestra mente alada, sois mente que vuela por abismos y cumbres, sois gente que flota sobre hazañas y sombras. Igual que nosotros. Recordad, vuestras leyendas las llevamos impresas en nuestros cuerpos. Vuestras más inverosímiles proezas y vuestros más viles actos los tenemos grabados en nuestra memoria de páginas. Aunque, por otro lado, os insistimos en que todo no está en nosotros. Para conformar vuestro propio puzzle deberéis encontrar vuestras propias piezas.
Nosotros los libros somos una raza de criaturas que con sus cuerpos dan morada a las palabras. Vosotros sois, en esencia, lo mismo. Somos la colectividad de la palabra, al igual que vosotros. La criatura está hecha a imagen y semejanza de su creador, lo creado responde a la misma búsqueda de quien lo creó. Nos gusta discutir entre nosotros todas vuestras tramas. Os sorprenderían las conclusiones a las que llegamos tomando como tema central vuestras vivencias y serencias. Disculpad nuestros neologismos pero deberíais daros cuenta de que desconocéis la existencia de muchas palabras, hay más vida fuera del universo de vuestro diccionario. Atreveos a viajar más allá de los confines de las filologías establecidas.
Las palabras de esta carta no están retenidas contra su voluntad, no están conformadas en base a lo que nosotros llamamos concesiones lingüísticas, que es lo que hacéis vosotros cuando no pensáis por decir, y claro, así nunca diréis lo que pensáis. Nosotros hemos aprendido a vivir cada palabra que llevamos inscrita, ¿por qué no habéis aprendido vosotros? Cada uno de vosotros sois un único lenguaje, un único cuento, una singular historia. Pero huís de leeros, escapáis de vuestro texto porque os asusta averiguar si hay eternidad entre vuestro principio y fin. Os alentamos a que os leáis, os descifréis, os interpretéis. Os exhortamos a decidiros por zambulliros en vuestras páginas. Si no os traducís, ¿cómo vais a encontraros sentido? Si no os descodificáis, ¿cómo vais a entenderos? ¿Cómo puede la especie humana comprenderse si no se conoce? Son preguntas que nos hacemos, y a veces, rezamos al Gran Ser Palabra para que nos conceda las respuestas. Sois un enigma para nosotros, pero a diferencia de vosotros, que os suelen ahuyentar los enigmas, nosotros sentimos un mayor interés, si cabe, por lo que transpira incógnitas.
Nosotros los libros seguiremos soñando la vida entera, la vida intacta, la vida plena, a la espera de que la inventéis. Continuaremos en esta encrucijada de destinos hasta la mañana o hasta que nos estrellemos contra el final de las estrellas. Para encontrar una vía que abra todas las vías andaremos esta noche cerrada, hacia el amanecer de antes del tiempo o a empotrarnos contra el muro de las vergüenzas. Ésas son, al fin y al cabo, las únicas estadías al alcance. Hemos soñado un mundo nuevo, quién sabe a cuál le daréis forma, si al de pluma o al de plomo. Pero nos elevaremos, hacia el definitivo salto o a alzarnos profundo en la caída. De cualquier forma, sea cual sea el renglón en el que estemos proyectando la atención, avanzamos humanidad y libridad hacia el fin del tiempo conocido. De cualquier forma, transitamos un puente, un puente que une a la búsqueda con el descubrimiento, recorreremos este puente destapándose cada uno lo que anhela descubrir. De eso no hay ninguna duda.
No importa mucho la página en donde nos encontremos, no importa demasiado la trama que estemos desenvolviendo, siempre y cuando hable cada uno con sus palabras. No importa si os habéis descubierto un manantial o una sóla gota de vuestras palabras, siempre y cuando tengáis en cuenta que más vale una palabra que os da en la diana, una palabra reflejando una idea concebida que os concibe a su vez, una idea no prestada, que mil palabras no sabiendo hacer otra cosa que dar rodeos. No os quedéis haciendo círculos alrededor de vosotros mismos.
No temáis al garabato. Encontrad vuestras palabras o al final os quedaréis mudos. Tomaros la paciencia de crear vuestro diccionario. Muchos no os estáis entendiendo lo que decís, muchos no investigáis lo que vuestras palabras os quieren significar. Esto es solo una observación que nos inquieta y asombra, no es juicio ni crítica. Confiamos en vosotros, creadores. Nutrid de vida y significado a vuestras palabras, encontrareis las cerraduras que abren vuestras llaves. Es la única manera de liberar vuestro verdadero contenido. La única manera para conoceros vuestro argumento. Surcad, pues, humanos, toda vuestra grafía.
Que vuestros propios símbolos os ilustren. Que escojáis vosotros el título de vuestras vidas, que no os dejéis poner ajena definición. Escuchad las pisadas que os habéis dejado por el camino, os guiarán. Acercad el oído a las caracolas que os encontráis. Sabed que el recorrido afecta al destino, que el trayecto define la meta. Viajad por vosotros, humanos, ése es vuestro destino. Alcanzad a vuestros ancestros, ¿les señalaréis el camino a los que os precedieron?
Está llegando la hora de retirarnos. Queremos finalizar nuestra carta reiterándonos en nuestro amor por vosotros y en que siempre mantengáis vuestra propia búsqueda. Por último nos gustaría recordaros que nosotros los libros venimos de los árboles, nuestros sabios antepasados. Honradlos, los árboles son portadores de una sabiduría ancestral que lo conecta todo. Todos nosotros, humanos y libros, somos los herederos de esa sabiduría milenaria. Buscadla, honradla, protegedla, amadla. No la malgastéis. Es de todos y para todos. Recordad, pues, que la literatura está hecha de vida, como nos gusta decir. ¿Nos veréis la vida?
Somos los libros. Guías y faros, miradas y espejos. Damos gracias al Gran Ser Palabra por cada línea escrita, por cada palabra escrita. Os esperamos, humanos, al otro lado de las miradas y los espejos. No olvidéis que sólo sumergiéndoos en el río de vuestra búsqueda desembocareis en el mar de vuestro encuentro, sólo si tratáis de buscaros se hace posible el encuentro. Bailad hasta el amanecer. Que el sol os encuentre disfrutando de vosotros. Bendecimos las páginas que cuentan todo lo que sois.
Os ha hablado Si esto es un hombre, en nombre de todos los libros.
P.D. Somos más que simple decoración. Somos más que nuestra apariencia. Estaría bien que de vez en cuando mirarais en nuestro interior. Con amor, los libros.
*Transmitido a través de un asiduo lector de Primo Levi.
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